Es martes, Día del Amigo, y Ariel Simonato sabe que hoy estará lejos de los nuevos amigos que encontró cuando se mudó a Trevelin, y más cerca de aquellos con los que pasó gran parte de su adolescencia y juventud. 

Este diseñador gráfico, conocido en la ciudad por su trabajo y sus diversos emprendimientos, hace seis años decidió mudarse a la ciudad del molino, y desde entonces solo vuelve a Comodoro para visitar a su familia o reunirse con amigos. Sin embargo, pocos saben que más allá de los vectores y los códigos web, Ariel también tiene otra pasión, una que nació gracias al contacto con sus amigos de Trevelin y que lo llevó a crear su propia marca de cervezas y un bar que funciona a modo de cooperativa: Alma cebada.

Ariel junto a los otros integrantes de Alma Cebada.
Ariel junto a los otros integrantes de Alma Cebada.

Todo comenzó en 2016, cuando decidió mudarse a Trevelin buscando mayor tranquilidad. El 28 de febrero de ese año, junto a su mujer y sus hijas llegaron al pueblo de los tulipanes, sabiendo que la vida iba a ser completamente diferente, y no se equivocaron. 

Cuenta Ariel que al principio amoldaron su vida a las necesidades de sus hijas, para que ellas sufrieran lo menos posible la adaptación al lugar. Mientras tanto, fueron armando su propio ritmo de vida, entre escuela, trabajo y tareas del día a día, pero también creando nuevos vínculos. 

Fue así que Ariel conoció a Juan Bigliardi, un maestro de escuela que hoy es director de la escuela experimental de Trevelin, con quien se sumergió en el mundo de las cervezas, un mundo de lúpulo, levadura y, sobre todo, pasión. 

“Yo me había ido de acá con la inquietud de hacer birras. Estaba pensando en comprarme un equipito para hacer birra para mí y nos conocimos con Juan, que era el maestro de mi hija y un día nos juntamos a hacer salamines con otros productores. Ahí surgió la posibilidad de hacer cerveza y de hacer un curso en Bariloche. Ahí empezó todo”.

En ese curso de elaboración de cerveza artesanal, Juan y Ariel hicieron dos cocciones simultáneas, pero también invirtieron en sus primeros equipos e insumos, sin saber que estaba naciendo una marca y un proyecto.

Las primeras cocinas fueron en el garaje de la casa de Juan, probando y buscando el sabor que deseaban. Eran tiempos en los que recién estaba explotando el boom de la cerveza artesanal en la provincia, y en Trevelin solo una persona fabricaba; otros estaban comenzando como Ariel y Juan.

En pueblo chico, pero de corazón grande, los incipientes productores comenzaron a conocerse e intercambiar sus conocimientos, hasta que un día recibieron la invitación de Luis Shinelli, el productor más experimentado que generosamente los invitó a charlar, a intercambiar tips. Pero todo comenzó a cambiar el día que el propio Chinelli les hizo una invitación aún más ambiciosa. 

“Luis fue muy generoso con nosotros y en un momento nos invitó a un evento que se hace en Trevelin, que se llama Trevelin Rock. Él nos dice ‘me ofrecieron un stand, yo tengo mi birra, pero estaría bueno que estemos todos juntos’. Nos avisó con tiempo, preparamos una buena cantidad de cerveza y fuimos. Y la verdad es que ese fue el puntapié inicial de lo que después se convirtió en Alma Cebada”. 

Para Ariel y los otros tres productores, esa experiencia fue su propio boom cervecero. La comunidad se volcó a comprar birras de las diferentes marcas y pudieron dar a conocer su producto, contar de qué se trataba y contagiar un poco esa pasión por la cerveza. “Fue una experiencia muy linda, toda la gente estaba haciendo cola alrededor de nuestro stand. Entonces pensamos ‘tenemos acá algo que está bueno’, pasaron dos semanas y una de las chicas del grupo nos comentó que había encontrado un local para poner un par de canillas y vender birras, y así empezamos”.

Cuatro marcas de cerveza, una marca registrada.
Cuatro marcas de cerveza, una marca registrada.

A principios de 2018 comenzó Alma Cebada en un pequeño local, donde la idea era tener canillas y ser punto de recarga. Eran cuatros marcas de cerveza y varios productores. Es que, como el caso de TLB, no solo era Ariel sino también Juan. Mientras que Euthopia es de Tomás Bajar y David de Carraro; Marlina es propiedad de la bióloga Marlín Medina y Grans Val de Nicolás Álvarez y Guadalupe Cantón. 

El proyecto fue un éxito y al año abrieron un segundo local que incluyó gastronomía bien cervecera.

Alma cebada estaba en su momento de más crecimiento cuando comenzó la pandemia y todo quedó estancado.

Ariel admite que fueron tiempos difíciles, tuvieron que endeudarse con préstamos para pagar cuentas y sueldos. Sin embargo, la amistad soportó. Pero como el momento era complejo, tuvieron que elegir y decidieron quedarse con uno solo de los locales; el grande donde todos los días está uno de los socios para compartir con los clientes y transmitir esta pasión de la cerveza.

Ariel, a la distancia, admite que no esperaba trabajar tanto en su nueva vida en Trevelin. Incluso cuenta que la idea era estar menos atareado, pero que hoy hace esta actividad con satisfacción y felicidad.

Al ser consultado sobre qué es lo que más le gusta de todo esto, no duda. “La generosidad, el poder compartir. Entre nosotros no hay egoísmo: compartimos recetas, tips, proveedores, inclusive en el proceso de elaboración, porque entre tres construimos una fábrica y tenemos turnos de cocción. Entonces el esfuerzo es compartido y se hace más llevadero, más ameno. Todo es compartido, hasta la idea de cómo tirar la basura, porque cada vez que cocinamos nos queda un montón de alimento que luego regalamos a algún productor que cría chanchos, gallinas o caballos. Entonces la basura no queda en la calle y se vuelve alimento para los animales”.

De diseñador a cervecero. Es habitual verlo a Ariel atendiendo en Alma Cebada, la cerveteca que la rompe en Trevelin.
De diseñador a cervecero. Es habitual verlo a Ariel atendiendo en Alma Cebada, la cerveteca que la rompe en Trevelin.

Como cuenta Ariel, Alma Cebada es un conjunto de marcas que casi funciona como cooperativa. Es que si bien no están aglutinados bajo esa figura, todo lo hacen en forma compartida; desde las compras y las cocciones comunitarias, hasta la atención del bar, el tratamiento de la basura y la degustación de alguna copa, porque como dice Ariel “Somos realmente amigos. Eso fue el inicio de todo”.

Dejó Comodoro para vivir en la tranquilidad de Trevelin y junto a un grupo de amigos creó una marca de cervezas que reúne a cuatro productores
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