“Hoy miro para atrás y pienso cuántas cosas pasaron, porque en un rato uno cuenta, pero son años y años de ir haciendo zigzag para poder avanzar”, dice Liliana Cabrera Prats. La docente no puede evitar emocionarse al repasar su historia. En pocos días culminará su vida laboral y se abocará a los beneficios de la jubilación, con todo lo que ello implica.

Liliana admite que hay sensaciones cruzadas: angustia, felicidad y la posibilidad de realizar aquellos proyectos que tiene pendiente. “Así me está llegando la jubilación, con un poco de todo”, dice a ADNSUR. “Angustia y alegría porque voy a estar en mi casa; voy a poder dibujar, voy a poder salir y voy a poder estudiar, pero miro a mis alumnos hoy y digo ‘esto se va a terminar’. Creo que lo que más voy a extrañar es ese vínculo que tengo con ellos, esas charlas que tenemos cuando estamos estudiando algo juntos, porque el aula es eso: vos tenés preparada una clase y cuando la vas a dar todo se te da vuelta, entonces es ahí donde uno comienza a aprender, a desarrollar su tarea de nuevo, porque a cada instante, a cada momento, tenés que empezar tu tarea de nuevo”, dice con emoción en la voz.

Liliana en su espacio preferido, el aula.
Liliana en su espacio preferido, el aula.

Liliana en la actualidad es docente en la Escuela Yapeyú (707) de Kilómetro 8, pero tiene un largo recorrido que incluye el colegio Deán Funes, las escuelas 722, 742 y 169 ―cuando funcionaba en el Ceret― y también la 126, la ex 50, donde comenzó parte de su gran historia.

Es que esta mujer que está a pocos días de jubilarse como docente de Lengua y Literatura comenzó bien de abajo: trabajó en una tienda, fue portera y ya de grande, con tres hijos y uno en camino, terminó la secundaria para luego ingresar en la universidad. 

Se crió en la Casa del Niño, terminó la secundaria a los 37 años y ahora se jubila como docente en la escuela de Km8

LA MEJOR HERENCIA

La historia de Lili comienza en Corcovado, donde su madre nació en una familia numerosa. Su abuela se había asentado en esa localidad unos años antes. Sin embargo, siempre fue difícil la vida en el interior de la provincia. Y quizás por eso, cuando tenía 9 años, se fue a vivir con una madrina.

Juntas recorrieron Zapala, Buenos Aires y terminaron en Comodoro Rivadavia, la pujante ciudad petrolera del sur de la Patagonia.

Esta ciudad significó la tierra de oportunidades para la madre de Lili, pero también el sitio donde sintió en carne propia las injusticias de la vida. Es que, como cuenta la docente, su mamá en Comodoro encontró el amor y el desamor. Se casó con un hombre oriundo del interior de Buenos Aires, quien un día se fue, dejando su trabajo en la Usina, pero también a su mujer y sus tres hijos. Así, la madre de Lili tuvo que salir a trabajar de lo que sea para poder mantener a sus pequeños. 

Quizás esa acción fue la mejor lección de vida que les dio, porque como reconoce Lili: “Ahí empezó todo el drama de ella para mantenernos, para darnos de comer. Pero tenía una garra que creo que la heredamos todos los hijos”.

Por ese entonces, ella y sus hijos vivían en Kilómetro 5, una barriada que los cobijó como propios.

Liliana cuenta que su madre siempre le transmitió lo bueno que fueron sus vecinos, unos portugueses que cuidaron de ellos cuando eran chicos, para que su madre pudiera salir a trabajar. Por eso es que guarda con tanto cariño al barrio Ferroviario y esa familia de inmigrantes, porque eso le permitió a su madre empezar a trabajar en casas de familia, dejando a sus hijos durante largas jornadas.

Por supuesto, la decisión no fue sencilla, y un día la madre de Lili decidió cerrar la casa e irse a vivir a La Casa del Niño, en una pequeña habitación, sabiendo que sus hijos iban a estar cuidados en una institución cerrada. 

Liliana y su familia en la Casa del Niño.
Liliana y su familia en la Casa del Niño.

Para Liliana fue una etapa dura que ella recuerda cada vez que mira la cicatriz que tiene en el brazo. Es que en una tarde de travesuras, se cayó y se quebró por encima del hombro. Cuenta que la trataron en el Cruz Azul, pero nunca quedó bien hasta que un día la atendió un traumatólogo que había venido de Estados Unidos a hacer una consulta al Hospital de YPF. 

A pesar de que no hablaba castellano, el especialista le dijo a su mamá que la iban a operar y que iba a quedar bien. El resultado: la operó, lo hizo en forma gratuita y Liliana quedó bien.

Pero el destino tenía otros planes para esta luchadora mujer. Cuenta Lili que su mamá fue empleada de los Lafón, una histórica familia de la ciudad, y también de los Roque González, el empresario de cines que fue el primer gobernador comodorense de Chubut.

Con él trabajó mucho tiempo y le permitió conocer mucha gente, entre ellos una mujer que la ayudó para que ingrese como portera en la vieja escuela 50 de Kilómetro 8. La suerte comenzaba a cambiar.

Con su nuevo trabajo, la mujer volvió a Kilómetro 5 y también Lili y sus hermanos, quienes luego fueron enviados a estudiar a colegios pupilos.

A través del Obispado, ella y su hermana culminaron la primaria en el Colegio María Auxiliadora de Rawson. Mientras que su hermano, se fue a un colegio de Puerto Deseado.

A su regreso, su madre ya vivía en la casa de la portería de la escuela. Lili optó por trabajar y ayudar a su mamá, antes que seguir estudiando en la secundaria. Así, con 15 años, comenzó a trabajar en Leocar, una tienda de Kilómetro 8 de la familia De Sousa. 

Liliana en su época de pupila.
Liliana en su época de pupila.

En Comodoro Liliana comenzó a vivir la vida adolescente y conoció a su compañero de vida. Tenía solo 18 años, y poco tiempo después se casaron y tuvieron a su primera hija. Por entonces, ella seguía trabajando en la tienda.

En ese lugar trabajó hasta que en 1971 le ofrecieron ser portera de la escuela 50, donde también trabajaba su madre. Como no quería repetir su historia y dejar a su hija todo el día en una guardería, decidió aceptar el trabajo y comenzó su vida entre tizas y pizarrones. 

Lili junto a su madre, en la época en que ambas eran porteras de la misma escuela.
Lili junto a su madre, en la época en que ambas eran porteras de la misma escuela.

Durante 11 años, Lili trabajó como portera de la Escuela 50. Durante ese período nació su segunda hija y su primer hijo varón, quien cambió todos los planes. Es que el pequeño no se adaptó a la guardería y Lili optó por dejar de trabajar.

Lo cierto es que Liliana nunca dejó de pensar en la posibilidad de estudiar. Era su cuenta pendiente terminar la secundaria y el destino parecía que la estaba esperando.

Cuando su madre se jubiló, Lili encontró una cuidadora para sus pequeños y el tiempo para poder terminar la secundaria. Así, se anotó en el bachillerato acelerado para adultos que funcionaba en la escuela 722 de Próspero Palazzo. Tenía 32 años y tres hijos. Sin embargo, sabía a qué iba.

“Mi mamá cuidaba a mis hijos y yo estudiaba. Salí abanderada, me estudiaba todo”, dice entre risas.

Una vez que terminó la secundaria, la docente quiso ir por más, y con 37 años decidió ingresar a la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y estudiar Profesorado en Letras, un desafío que fue difícil, pero no imposible.

Por ese entonces ya era madre de cuatro hijos y vivía con la abuela de su marido, que tenía 100 años. Además, había sido abuela. “Éramos 9 en la casa, pero así y todo pude avanzar en mi carrera universitaria. Todos los obstáculos que se me fueron poniendo en el camino, los fui superando pero nunca dejé de estudiar. No sé de donde me nació, quizás fue un deseo de mi mamá, pero para mi vida fue muy importante. Vencí todo lo que tenía que vencer”, dice con orgullo.

Liliana en su acto de colación de grado, rodeada de su familia.
Liliana en su acto de colación de grado, rodeada de su familia.

A la distancia, admite que la satisfacción más grande de su vida fue poder estudiar. “Creo que lo tuve siempre, desde muy chiquitita. A veces tenés todas las oportunidades de hacerlo y a veces te llega en otro momento de tu vida. A mí me llegó cuando ya tenía mis hijos, y la pasión por estudiar fue muy grande”.

A Lili le faltaban algunas materias para recibirse cuando fue convocada para trabajar como docente. Su primera escuela fue la número 126, donde había sido portera. Luego pasó por la Yapeyú y más tarde por otros establecimientos. 

Para ella significó su lugar en el mundo, la vocación que la abrazó y donde pudo enseñar y aprender, tal como piensa la docencia. “Me parece que es una actividad que no es parecida a ninguna, primero que es una responsabilidad, pero también una utopía, porque vos pensás: ‘estoy formando a estas personas para que el día de mañana puedan decidir qué quieren hacer de su vida’, entonces por ahí va la cosa. Tenés toda la responsabilidad y aprendés de ellos muchísimo. Pero hay que talar mucho ese árbol para que los chicos entiendan a esa edad qué significa el estudio para su futuro, independientemente de lo que quieran hacer: vender diarios, ser petroleros, lo que sea, pero el estudio es importante”.

Por supuesto, la vida como docente no fue fácil para Lili. Los paros, los reclamos y un sueldo que muchas veces se hizo ajustado fueron obstáculos que tuvo que superar, pero siempre con la vocación de saber que era lo suyo.

Por estos días, solo le queda una semana de carrera profesional. Luego será momento de descansar y pensar en sus nuevos proyectos, por supuesto, ligados a la Literatura y los relatos, algo que le apasiona desde pequeña, en tiempos en que su madre le llevaba libros de la biblioteca. 

“Ahora viene otra etapa. En el regreso de las vacaciones me queda una semanita y ya se termina. Voy a estar en mi casa haciendo lo que me gusta y escribiendo una novela tiene que ver con la abuela de mi marido. Ella era oriunda de León y vivió hasta los 100 años. Y como siempre fui una escucha atenta, pudo contarme y me contó una vida tan apasionante, tan especial, que me parecía que tenía que escribirla, porque ella tuvo una vida asombrosa; sobrevivió a todos sus 6 hijos, murió con 100 años y un día dijo ‘no me levanto más, me cansé de vivir’ y murió. Pero me dejó ese relato de su vida y pienso que soy responsable de una vida que tiene que ser conocida”.

Hace 10 años Lili comenzó a escribir esa crónica de ficción que mantiene prendida la llama de la Literatura. Admite que su sueño es “publicarla porque la historia de la abuela se tiene que conocer”, y también que le falta mucho todavía, pero de algo  está convencida: va a terminar la novela, la va a publicar y será un nuevo capítulo de su vida, porque como dice “Cuando algo se lo desea con el corazón, se puede, no importa lo que pase, vas adelante, y con eso en el frente, se puede lograr”.

Liliana junto a su familia.
Liliana junto a su familia.
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