COMODORO RIVADAVIA (ADNSUR) – Hoy se cumplen 90 años del primer vuelo aerocomercial de Chubut, provincia que en la actualidad tiene uno de los 10 aeropuertos con más cantidad de pasajeros de Argentina -el de Comodoro Rivadavia- y otras pistas de relevancia como lo son Puerto Madryn, Esquel y Trelew. 

Pero todo comenzó hace 90 años con un piloto francés, un único pasajero y un pequeño trayecto.

Cuenta la historia que el 31 de octubre de 1929 el ingeniero Armando Ulled, que era inspector de minas en la zona petrolífera de esta ciudad, fue el único pasajero del vuelo inaugural de la Aeroposta Argentina, que cubrió el trayecto Comodoro Rivadavia - Trelew.

 


Ulled tenía poco más de 20 años, contó en un escrito que publicó en La Nación en la década del 60, y trabajaba en la zona petrolífera, dependiente de la Dirección Nacional de Minas, Geología e Hidrología. 

En un principio, según recordó, no le entusiasmaba mucho la idea de volar por “los vendavales” de la zona y “y el modesto aspecto de los aviones” que no daban sensación de “seguridad”. Sin embargo, le parecía “muy romántico ir en ese vuelo inaugural en alas del amor”.
El piloto de ese primer vuelo fue el director técnico de la empresa, Antoine de Saint Exupery, un francés que hizo historia en estas latitudes. 

 

 

UNA PRIMERA PRUEBA

Previo a ese primer vuelo oficial, la empresa realizó una prueba piloto. El 7 de septiembre del mismo año, un aeroplano unió Bahía Blanca con Comodoro Rivadavia. De esa aventura participaron Didier Daurant, jefe de explotación de la compaña Aeroposta Argentinas; el directivo y piloto Paul Vachet y el piloto bahiense Rufino Cambaceres, recordó el diario La Nueva al cumplirse 90 años de esa operación que tuvo escalas en San Antonio Oeste y Trelew.

En el primer vuelo oficial aerocomercial Daurant no pudo participar por un viaje a Venezuela, y entonces se sumó Antoine de Saint Exupery (célebre autor de El Principito), quien completó la delegación con Cambaceres y Alberto Auge, un ingeniero que participó del armado de esa primera aventura aérea. 

El costo del pasaje fue de 100 pesos. 

Como recuerda Ulled, en esa época “preparar un aeródromo era poco más que cercar el terreno, construir un galpón de chapa y arrancar las matas”. Luego había que subir al aeroplano, “una carlinga abierta”, con un solo motor de una velocidad crucero de 180 kilómetros por hora, todo forrado en tela, y con una cabina con “dos asientos, como los de auto, frente a frente, tocándose las rodillas”.

El vuelo significó una aventura en sí misma para Ulled, tal como lo recordó en esa histórica crónica. “El carreteo estuvo lejos de ser suave. Una vez en el aire las sacudidas fueron continuas. Yo me mareaba. Como estaba solo, empero, pude tirarme de costado sobre el asiento, lo que me parecía permitirme soportar mejor el baile”. 

“Al rato (el piloto) me abrió la ventanita y una mano me alcanzó un papelito. Lo conservo preciosamente, tanto como lo que decía así: “Altitude 550m Ca ne danse pas une fois  a 1000 ca ira encore mieux (“Altura 550m. Esto no baila -  a 1000 m. irá todavía mejor”)”.

El resto es historia. El aeroplano llegó a Trelew y Ulled fue llevado en auto hasta Puerto Madryn. Allí se encontró con su novia, que luego se convertiría en su esposa, y quien fue la excusa para terminar adentro de la historia de la aviación argentina. 


NDR: La historia fue recuperada gracias a una publicación de Antonio Nizetich, en el grupo Madryn Olvidado y la posterior búsqueda de datos.