RAWSON - El párrafo lo escribió Enrique Guanziroli, juez del Tribunal Oral Federal de la ciudad petrolera, quien en una sentencia de la semana pasada recordó su resonante entrevista con Jornada de setiembre de 2014.

En aquella charla Guanziroli había dicho entre otras quejas que “el narcotráfico explotó en la Patagonia” y que en el combate contra las drogas “hay muchísima improvisación y políticas totalmente inconexas”. La entrevista le mereció duras réplicas de la Policía, del Ejecutivo y de la misma Justicia, que reivindicaron las políticas oficiales para combatir el comercio de estupefacientes.

Sin embargo, en un fallo del 23 de diciembre Guanziroli votó por la condena de cinco sujetos en una causa que involucró a diez procesados en la ciudad petrolera. Y aprovechó su fallo para ratificar el estallido narco en la Patagonia y lo publicado por este diario.

En la sentencia, por tenencia de estupefacientes para comercialización, Guido Adrián Ñancupel Uribe fue condenado a seis años de prisión en una cárcel federal y multa de $ 6.000.

Cristian Fabián Allende, por el mismo delito, a cinco años de prisión en una cárcel federal y la misma multa. También por tenencia para comercializar fue condenado Pablo Damián Schlebuch a cuatro años de prisión en una cárcel federal y multa de cuatro mil pesos. La misma pena recayó sobre Mario Gabriel “El Brujo” Silveira.

Finalmente, Marcos Luis Gallardo fue condenado por comercio de estupefacientes a cinco años de prisión en una cárcel federal y multa de $ 4.000.

Guanziroli describió a esta banda como “una típica organización narcocriminal local, donde se manipula tóxico importado o producido fuera de la zona y convergen en connivencia intencionada sus transportistas, quienes los solventan, ocultan y la vasta red instrumentada en el medio, del comercio subrepticio al menudeo, para enviciar onerosamente en la población patagónica de su desenvolvimiento”.

“Estos delitos son de carácter transprovincial y transnacional, no sólo por la materia sobre la que versa el tráfico probado castigable sino por la importación de sus conductas punibles globalizadas, no sólo de quienes producen y elaboran los tóxicos sino de quienes los traen y ocultan y aquellos otros que como éstos, por pingües beneficios, los distribuyen en el medio para su consumo prolongado en el tiempo”.

Según el juez, estos sujetos “se pusieron de acuerdo para perpetrar los ilícitos, sin ir más lejos manteniendo fluida la red local de abastecimiento y distribución ilegal”.

La causa se inició cuando el 27 de junio de 2013 Ñancupel y Allende fueron vigilados por la Policía rumbo a un baldío para enterrar 7,8 kilos de cocaína, a un kilómetro del Faro San Jorge de Km. 8 y Caleta Córdova, cerca de la playa de la ciudad petrolera. Eran 800 tizas.

Iban en un Gol Trend verde. Llevaban un objeto grande negro envuelto con una campera de abrigo. Se lo vio a Allende agacharse detrás de una mata para realizar las maniobras. Desde dentro del coche Ñancupel le pasó el paquete, lo llevó detrás de la mata y lo ocultó.

Al día siguiente, un procedimiento ordenado por la jueza federal Eva Parcio halló enterradas las 4 bolsas de nylon. La cocaína en tizas estaba cuidadosamente envuelta y preservada en un formato típico del tráfico ilícito.

Esa misma noche hubo varios allanamientos simultáneos en comercios, casas y un taller mecánico: se secuestró marihuana, cocaína, efectivo por $ 25.404 y 291.000 pesos chilenos, armas, municiones, celulares, chips, cargadores con cartuchos, una balanza digital electrónica y 15 pastillas de clonozepan.

La Policía llegó al entierro de la droga gracias a una compleja pesquisa por un anónimo que denunció la venta de estupefacientes en dos casas de Comodoro: Ituzaingó 588, y Granaderos 3.267. En ambos domicilios se detectó a numerosas personas que llegaban por pocos minutos y se retiraban.

En la calle Ituzaingó se entrevistaban con el “Tuerto” Schlebuch –dueño de la casa- y con Silveira, en el interior o afuera. Marcos “El Trompa” Gallardo también buscaba droga allí y luego recorría la ciudad en su Chevrolet Corsa gris. En encuentros breves con sus contactos telefónicos intercambiaba objetos pequeños. O iba derecho a las casas.

Gallardo se caracterizó por la variedad de números telefónicos que usó. Periódicamente cambiaba el chip de su celular en un modis operandi propio del narcotráfico. A medida que cambiaba la Policía pedía la intervención, por lo que se formaron 8 legajos de escuchas de 6 abonados distintos.

Incluyeron múltiples diálogos entre él y diferentes interlocutores en lenguaje encriptado hablando de “fútbol”, “ramón”, “tía”, “gilada”, “vianda”, “camiseta”, “churro”, “eso”, “prima”, “botones”, “piedra”, “María”, etcétera. Preguntaban cuándo llegaba, el precio y calidad, coordinando su entrega. Prueba de su delito es la recomendación que se escuchó en una intervención: no quería ir preso por “giladas”.

La segunda casa, en calle Granaderos, era de Ñancupel. Allí se advertían varios “pasamanos” de pocos minutos. Si bien al frente funcionaba un almacén, las personas que entraban y salían no se llevaban mercadería.

La vigilancia policial detectó movimiento de personas a pie y vehículos fuera de lo normal, por la corta duración de las visitas, tanto de día como de noche e incluso y sin bajarse. Se llegó a ver sujetos aspirando droga en plena calle.

La causa incluyó filmaciones y fotos de encuentros breves y “pasamanos” que vincularon entre sí a todos los condenados. Era un contacto muy frecuente como proveedores, distribuidores y vendedores de cocaína al menudeo en los domicilios de Schlebuch, Silveira y Uribe, y a través de Gallardo en toda la ciudad. La cocaína enterrada, como las incautadas a Schlebuch, Silveira y Uribe, tenía el mismo formato en tiza, la misma pureza y las mismas sustancias de corte. Este dato terminó de vincularlos.

Fuente: Jornada 

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