Se dice que fue una de las movilizaciones populares más importantes que se vieron en la ciudad. Es que gracias a él y a su obra salesiana, miles de chicos pudieron ser educados en los barrios más vulnerables de Comodoro. Entre las seis escuelas que levantó el Padre Corti asisten unos 2.600 alumnos y 300 docentes. Su obra trascendió fronteras, fue convocado por distintos presidentes y reconocido por el Papa Juan Pablo II.

“El último tiempo, cuando fuimos a visitarlo a la Clínica del Valle a su internación en Terapia, debajo de esa máscara decía “quiero vivir un poquito más porque quiero hacer un hogar para niños de la calle. Estaba ya con lo último de su respiración y seguía pensando en hacer cosas”, recuerda Marita Olveira,  directora de la Escuela Juan XXIII y quien compartió 25 años de trabajo junto a Corti.

El Padre Giovanni Corti nació en Italia y llegó Comodoro en 1952 y dejó una gran obra educativa y religiosa: las escuelas Ceferino Namuncurá, San José Obrero, Don Bosco, Juan XXIII, N°1650 y Jardín “Juanito Bosco”, oratorios, iglesias, Uniones Vecinales y consultorios periféricos. El Cura “manguero” no le tenía miedo a nada ni nadie; él  mismo decía que su iglesia era la calle y sus sermones las obras. Quienes lo recuerdan cuentan que nunca dejaba de pensar qué nueva construcción podía realizar y trabajaba por ese objetivo.

El día que Comodoro se paralizó por la muerte del Padre Juan Corti

Las escuelas como base de la sociedad

“Él primero hacía la escuela porque decía que lo demás se iba a ir formando solo. Sin educación no había futuro. En la escuela se podía enseñar la catequesis; no era necesario tanto el espacio de la iglesia, pero podíamos estar enseñando valores y hablar de Dios. Acá se podía comer. Un niño sin la pancita llena era imposible hablarle de Dios; entonces él tenía sus prioridades y la verdad es que tenía una lógica increíble”, recuerda Mónica Gallego representante Legal de Escuelas de la Obra del Padre Corti.

Y así fue como comenzó con los primeros oratorios y la primera obra: el Colegio Domingo Savio, ubicado en lo que luego se transformó en el corazón del barrio Pietrobelli, “el famoso barrio de “La Puñalada” que decía él. Y de hecho empezó a cambiar. Después, la obra del barrio Ceferino, que estaba mucho más retirado. Era como que la ciudad terminaba en la calle Alvear y decidió avanzar un poco más. Ya cuando el Ceferino tomó forma fue por más. Se vino al barrio San Martín. Ahí, en 1971, había un saloncito parroquial que –siempre lo contaba- había ´un par de viejas, los perros y yo´. Se comenzó a construir con unas pequeñas chapas, empezó a funcionar el famoso ranchito, que eran las aulas más viejas que tuvo la escuela, consiguió tráilers y empezó a imaginar la escuela Juan XXIII”, relata Olveira.

En los años ´50, la ciudad de Comodoro Rivadavia estaba en plena expansión. Asomaban nuevas barriadas con muchas necesidades que había que atender. “Las calles de los barrios de Comodoro eran de tierra, pedregullo, barrios pobres con casas de chapa y de ahí salieron muchos chicos con educación, con trabajos, con proyectos y una gran mayoría de estos chicos hoy grandes recordarán que el Padre Corti fue verdaderamente un puntal en sus educaciones, en sus familias”, relata Angelina Covalschi, autora del libro “Más fuerte que el fuego”, una novela autobiográfica sobre Corti con una mirada ficcionada, que el propio Padre Corti celebró y aplaudió.

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El cura “manguero”

“Si me ven limpio no me van a dar nada”, solía repetir el cura a quienes le marcaban que su sotana estaba siempre sucia, manchada con barro producto de algún picadito de futbol o mocos de los chicos que él mismo limpiaba. “El exponía todo lo que necesitaba; entonces era imposible que alguien le dijera que no. Todo era tan evidente, siempre estuvo tan a la vista su obra que no podías dudar absolutamente de nada y además veías en la pobreza y simpleza en la que vivía. El padre comía una vez al día”, relatan sus colaboradoras de tantos años.

Inspirado en la obra de Don Bosco, el cura gaucho pedía por y para los chicos de la ciudad. “Siempre fue una personas muy transparente; creo que eso llevo a que la gente siempre estuviera y colaborara con él. De todos los partidos políticos, porque él decía: yo no tengo partido político, acá es el bien de los chicos, es el bien de la gente y a mí no me importa que me den de un partido o del otro. No importa, es la gente, son los niños”, decía.

Marita y Mónica recuerdan su último cumpleaños: “En la misa celebrada en el patio del San José Obrero, el Profesor José Antonio Goyenechea -colaborador número uno de la Fundación del Padre Corti-  cuando dirigió unas palabras al público dijo que realmente el Padre Corti ha  sido el mejor “intendente” que había tenido la ciudad de Comodoro Rivadavia porque no dejó ninguna obra por realizar de las proyectadas”.

El día que entró por una ventana

Austero, solidario, con fuertes convicciones y hasta desfachatado al momento de reclamar lo que correspondía.  Así lo demostró el día que ingresó por una ventana abierta al Ministerio de Economía de Chubut reclamando el pago de los sueldos de los docentes de sus escuelas.  “Hacía tiempo que no le pagaban los sueldos –recuerdan entre risas las docentes-; entonces viajó a Rawson porque no le daban una cita, y pidió hablar con el Ministro de Economía pero estaba ocupado. Y él contaba: Agarré, levante mi sotana y me metí por la ventana. El hombre le dijo ¿y usted qué hace acá?. Y bueno… si usted no me quiere atender, acá estoy. Me tiene que firmar los cheques. Y se volvió a Comodoro con los cheques firmados. ¡No tenía miedo a nada!.

Un museo que lo inmortaliza

Cuando Corti falleció sus colaboradores decidieron juntar sus pertenencias, recuerdos y reconocimientos y exponerlos en la oficina que ocupó durante tantos años hasta que las dolencias físicas pudieron más que las fortalezas y fue hospitalizado. “Nos sorprendimos porque cuando fuimos a ver qué cosas íbamos a traer para el museo nos dimos cuenta de la pobreza absoluta en la que vivía. Lo único que tenía era un sillón que se lo regalamos todos los directores para un cumpleaños, su escritorio y después todos recuerdos”.

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En su oficina el Padre Corti pasaba la mayor parte del tiempo. Allí, sobre una de las paredes un gran tablero de madera ordena las llaves de todas las escuelas, comedores u oficinas de la obra. Era sumamente prolijo y meticuloso: se levantaba a las 5 de la mañana y a las 7 las puertas de la escuela ya estaban abiertas, la calefacción encendida esperando a la primera docente. “Si no estaba en su oficina estaba en algún lugar reunido ´maquinando´ alguna obra nueva”, dice Olveira.

La provincia decretó tres días de duelo por su fallecimiento.En todas las personas de Comodoro hay algo, una marquita del Padre Corti”, asegura Mónica Gallego. A ocho años de su muerte, el reconocimiento y agradecimiento de quienes lo conocieron, pero también de aquellos que aún sin tener trato con él, se vieron beneficiados con sus obras.

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