Pero aquí abajo, abajo, cada uno en su escondite,

hay hombres y mujeres que saben a qué asirse.

Aprovechando el sol y también los eclipses,

apartando lo inútil y usando lo que sirve.

Joan Manual SerratEl sur también existe

 

COMODORO RIVADAVIA (Por Mirta Cámara / Especial para ADNSUR) - Tarde de domingo fría y soleada. ¿Vamos a la Saladita? Me había tropezado con la feria una semana antes, por casualidad, buscando una dirección por esos barrios a los que nunca vamos y en los que erróneamente todavía suelo pensar como “los confines” de Comodoro. Esta ciudad nunca deja de sorprenderme.

Yendo por Rivadavia, un atasco monumental del tránsito avisa que llegamos. Hay vehículos para donde se mire y es difícil moverse y encontrar un lugar para estacionar. Pero no hay bocinazos, falta la histeria típica de otras esquinas comodorenses.

Y es que es casi una fiesta. La música acompaña todo el recorrido, desde folklore hasta The Police. Curiosamente ni una cumbia. Los aromas de los puestos de comida al paso inundan el aire fresco:

choripanes, panchos, hamburguesas.. Una masa de gente, realmente una multitud de clientes que ya desearían tener otras zonas comerciales de la ciudad, fluye lentamente, mira y remira, conversa, come, pregunta, regatea y compra.

La oferta de productos, más que amplia, es inimaginable. Una mezcla de supermercado con tienda de ropa, de verdulería con electrónica, de vajilla y toallones con juguetería, de bazar con ferretería, de zapatería con disquería, perfumería y pescadería. Es un revoltijo colorido y bullicioso que, por momentos, marea...

Recordé el Mercado, que estaba hace años en el edificio donde ahora funciona el Concejo, pero las similitudes son pocas en realidad: aquellos puestos eran todos legales y vendían sólo alimentos frescos de calidad.

Éste, en cambio, es un mundo abigarrado y anárquico, con chispazos surrealistas, donde ondean banderas de Falcon y Chevrolet, una familia se sienta a tomar sopa alrededor de una mesita improvisada, un hombre se prueba zapatillas en el medio del paso mientras otros eligen entre CDs truchos de Gilda y

la discografía completa del Indio Solari, y un vendedor muy convincente me explica las bondades de un masajeador capilar mientras sostengo una bolsa con mandarinas y los perros mansos y escuálidos husmean entre la basura.

En la sección más organizada están los puestos de las familias bolivianas, que venden, por supuesto, frutas y verduras, ropa, comidas típicas (falso conejo y sopa de maní), y hasta productos envasados de industria boliviana: sobres de jugo de chicha morada o ajíes picantes en polvo.

También están (cómo iban a faltar?) los mismos puestos que se ven en el centro entorpeciendo el paso en la vereda de Pellegrini, con medias de toalla, mochilas y gorros de lana.

Pero hasta la Saladita tiene su sector marginal. Un poco más abajo y sobre un boulevard angosto se instalan con una mesita minúscula a vender panes y bizcochitos, o directamente sobre el barro estiran una manta con pilas de ropa encima, quizás ropa usada. Y ellos también tienen clientes interesados. Todo se compra y se vende en esta ciudad empobrecida.

Sin embargo, a pesar de las noticias de secuestros, mafias y tiroteos, a pesar del estigma, el ambiente es tranquilo y familiar, como de paseo dominguero, y no se tiene la sensación de estar en un lugar peligroso. Como sí me pasó el día anterior cuando fui de compras al centro. Ese fue un verdadero shock: la cantidad de locales vacíos, la atmósfera de violencia, las miradas torvas, los empujones, la suciedad y el deterioro son abrumadores.

Y como siempre las impresiones dependen de las expectativas, es mucho más impactante ver la cara de la crisis en la decadencia del centro de la ciudad que en algo que es lo que siempre fue: una feria de pobres en un barrio pobre. Una mezcla oscura de comercios formales con ilegales que viene resistiendo durante años los inútiles intentos de ordenamiento por parte de las autoridades del municipio. Un municipio siempre corriendo detrás de los acontecimientos, y siempre ineficaz.