TRELEW (ADNSUR) - Murió en Capital Federal el capitán de fragata Luis Emilio Sosa. Tenía 81 años y quedará en la historia como el símbolo definitivo de la Masacre de Trelew. Estaba condenado a prisión perpetua por los 16 fusilamientos de la madrugada del 22 de agosto de 1972, en los calabozos de la Base Aeronaval Almirante Zar. Siempre se lo consideró como el jefe de la matanza de los presos políticos. La muerte del marino retirado sucede a días del fallecimiento de otro de los condenados por el caso, Emilio Del Real. Sólo sobrevive el cabo Carlos Marandino, con prisión domiciliaria en Paraná, Entre Ríos.

Sosa fue detenido en febrero de 2008 en una mueblería de Capital Federal. Fue trasladado a Rawson. La causa se había reabierto luego de que el juez Hugo Sastre la considerara de lesa humanidad. Declaró con la versión oficial de la fuga, pero en el juicio en el Cine Teatro “José Hernández” prefirió el silencio. Por eso en la segunda audiencia se leyó lo que ya le había contado a Sastre. Sonó como la breve historia de un militar disciplinado pero que se definía conciliador y sin rencores.

Sosa aseguraba que todo lo que se dijo tras esa noche “me afectó muchísimo” pero que “en ningún momento reconocí la culpabilidad”. Sabía que el expediente lo colocaba como el líder del grupo de fusiladores. “Voy a pecar de inmodesto porque no me creen: lo triste es que todo marino, sin excepción, me tiene como un individuo decidido, un héroe. Y yo no quiero ser héroe; fue una cosa que no tuvo nada que ver con eso. Si me dijeran que di la orden, vaya y pase, pero yo no di ninguna orden”.

Apenas 50 personas escucharon en el recinto. Según Sosa era la 1 y miraba televisión en su camarote de la Base cuando el teniente Roberto Bravo le avisó que “esta gente se está portando muy mal”, en referencia a los presos. “Interpreté que la situación estaba muy tensa pero creí que no tenían ningún resentimiento por su entrega en el Aeropuerto”.

Ante la justicia, el marino insistió con que recorrió los calabozos para tranquilizar los ánimos de los militantes, que no paraban de quejarse. Pasó por el medio de la fila, ida y vuelta, rozándoles los hombros en el pasillo estrecho y cara a cara para “darles una perorata” que los calmara.

De repente Mariano Pujadas lo golpeó de espaldas y le sacó el arma reglamentaria. “Sentí que me levantaban de atrás con un movimiento imprevisto y caí boca arriba. Él era cinturón negro y quedé totalmente conmocionado”, alegó. Del Real y Bravo –que formó en fila a los presos antes de llamar a Sosa- abrieron fuego para contener el posible desbande y fuga. “Vi cuatro bocas de disparos muy intensos en apenas tres metros pero no di ninguna orden ni de abrir ni de cerrar el fuego”.

Alguien gritó que Sosa estaba herido. Pero no sintió el típico ardor de un balazo. “Luego me informaron que me habían intentado sacar el arma”.

Se pintó como “un militar precavido” que esa noche sólo intentó “enfriar los ánimos”. Y que no caminó entre los presos para provocarlos. “Quería estar cerca para convencerlos de que no hicieran nada y cuando llegué ya estaban alineados en el pasillo”. No dudó antes de hacer ese paseo arriesgado en un pasillo de apenas un metro de ancho porque “no me pareció imprudente”. Pero admitió que el personal de la Armada no está educado para cuidar presos.

El capitán tenía entonces 37 años y llevaba 21 como marino. “Mi prioridad era templar los ánimos y solucionar el problema de los presos; que no estuviesen en mala situación en ese turno de la guardia”.

Sastre le preguntó qué opinaba de Montoneros y otros grupos revolucionarios: “No hago distinciones de ideologías porque eran bastante comprensivos y siempre colaboraron en todo”. Tampoco especuló acerca de qué habría sucedido si los detenidos se fugaban. “No lo puedo prever porque aunque las medidas de seguridad estaban bastante bien tomadas, siempre hay huecos”.

No recordó cuándo dejó la Base Zar. Sí que en noviembre del ´72 ya estaba en Puerto Belgrano. “Mi estado anímico era terrible”. Tampoco contestó sobre su huida del país y la protección de la Armada.

Enrique Guanziroli, Pedro de Diego y Nora Cabrera de Monella, del Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia, no creyeron esa versión oficial y lo condenaron. Con cáncer y al cuidado de su esposa Estela González, nunca estuvo en cárcel común. Con un aviso fúnebre en La Nación, la promoción 80 de la Escuela Naval Militar despidió ayer a Sosa como “un digno camarada” que “falleció en cautiverio”.

Una tarde de llovizna fría fresca de setiembre de 2012, mientras esperaba un taxi a Playa Unión tras una audiencia frustrada, el capitán estuvo cara a cara con Jornada. “Sosa, buenas tardes, cómo le va”, se presentó. Dio la mano, muy educado, de mirada penetrante. Labios finísimos y ojos raros, de tono rojizo. Allí estaba, manos en los bolsillos, sonriente y disponible.

Preguntó el nombre del diario. Para escuchar la respuesta se inclinó y acercó la oreja, como un sordo. “¿Les puede decir que aflojen un poco con las fotos? –suspiró haciendo el gesto de click con los dedos- al principio me gustó pero ahora ya cansa”.

Rechazó una entrevista. Se levantó y se abrigó. Sacó un celular y a los gritos reclamó el taxi. Agradeció dos veces más. El capitán se subió al coche con su aura de mito. “Dígale a la lechuza que me deje de sacar fotos, ya no puedo ni salir a cenar. ¡Y no sabe qué lindo sería irse ahora a comer una parrillada!”.

Fuente: Jornada