La difusión de los videos de la fiesta de cumpleaños de Fabiola Yañez en la Quinta de Olivos durante la cuarentena del año pasado fue el primer paso del gobierno en una desconcertante estrategia para retomar la iniciativa política respecto del escándalo. Una segunda jugada es denunciar a una de las invitadas al festejo, la emprendedora chubutense Stefanía Domínguez, por la filtración de las imágenes del brindis.

Aunque no fue anunciado todavía, el plan fue confirmado a Clarín por dos fuentes del círculo de confianza de Alberto Fernández.

El malestar con Domínguez comenzó el fin de semana, cuando según la investigación lanzada en el gobierno para descubrir el origen de la filtración, además de las fotos compartidas por el peluquero Fernando Abraham con sus amigos -"porque es un cholulo", se lamentan en Olivos- habían descubierto que Stefanía habría ofrecido las imágenes a varios medios de comunicación a cambio de dinero.

"Hay capturas de pantalla de su teléfono", ratifica un funcionario que dice haberlas visto. El dato, que el domingo por la noche ya tenía medio gobierno, fue omitido en la estrategia jurídica que el presidente le encargó al abogado Juan Pablo Fioribello, quien el martes por la mañana se presentó en la fiscalía federal de Ramiro González como representante legal de Fabiola, Domínguez, Sofía Pacchi, Santiago Basavilbaso, Emmanuel López, Fernando Consagra y las hermanas Florencia y Rocío Fernández Peruilh.

La chubutense amiga de Fabiola Yáñez.
La chubutense amiga de Fabiola Yáñez.

La constitución de ese colectivo -del que solo quedaban afuera el estilista Abraham y la vestuarista Carolina Marafioti, además del propio presidente de la Nación- reflejaba un frente común entre los invitados al festejo irregular en Olivos, tanto frente a la justicia como ante la opinión pública.

Ese castillo de naipes se derrumbó 24 horas después. El miércoles, Fioribello informó a la fiscalía y al juzgado de Sebastián Casanello que ya no representaba a Stefanía Domínguez, cuya firma en el combo de todos los invitados -es decir la que decía lo contrario- aún tenía la tinta fresca.

Ese cambio abrupto también es un salto de magnitud en la aguja del sismógrafo del poder: la estrategia oficialista ahora estará focalizada en despegarse de Domínguez, atribuirle la culpa del escándalo y, si la nafta diera para lograrlo, asociar a la joven empresaria de Puerto Madryn con una operación política coordinada con el canal periodístico LN+ y el macrismo.

El intento es atrevido por varias razones. La primera, porque la fuente del descubrimiento de la supuesta infidelidad de Stefanía Domínguez es una operación de espionaje ilegal sobre la cual aún no se posó la lupa. La segunda, porque de ninguna manera está claro qué delito podrían echarle en cara ante la justicia.

Por lo pronto, la empresaria - y ¿ex? amiga de Fabiola Yañez- ya eligió como su nuevo defensor a Mauricio D'Alessandro, cuya táctica legal en otras causas contra personas acusadas de violar la cuarentena es radical: para el mediático abogado, todos los decretos de Alberto Fernández que establecieron y renovaron la cuarentena más larga del mundo son sencillamente inconstitucionales.

Si esa tesis fuera reiterada respecto de Stefanía, y lograra que el juez Sebastián Casanello la acepte, ni ella ni ninguno de los demás invitados al festejo en Olivos habría violado norma alguna. Tampoco su anfitrión, aunque fuese el mismo autor de aquellas normas.

Mientras el escándalo sigue al tope de la agenda pública, en la mesa de arena del gobierno las fichas van y vienen sin una lógica muy interpretable. Otro viaje del blanco al negro fue intentado en la noche del miércoles, cuando varios funcionarios salieron coordinadamente a desmentir la evidente intervención de Alberto Fernández en la difusión de los videos de la fiesta, de forma escalonada en un portal noticioso oficialista y minutos después con una súbita interrupción de la programación en la Televisión Pública.

La ruta sigue ahora por tres caminos: el judicial, el político y el mediático. Esos senderos pueden correr paralelos, cruzarse o incluso chocar entre sí. Cualquier brisa cambiará los rumbos. También la voluntad de Cristina Kirchner, que tiene la magnitud de un huracán.