TRELEW - Carolina Viva tiene 30 años, estudia y mantiene a su pequeña hija con su emprendimiento. Asegura que hoy vive plenamente, pero la tranquilidad que hoy disfruta le costó mucho conseguirla. Carolina viene de una historia de violencia psiciológica, económica y física, un círculo que parecía imposible de romper. “Es difícil pero vivir la vida plena es hermoso. La tranquilidad no tiene precio”, dijo.

En una entrevista realizada por Jornada, Carolina cuenta que denunció 50 veces a su expareja. Pero hoy cuenta su histroria para convertirse, quizás en el ejemplo esperanzador de muchas mujeres. Trabaja vendiendo panes que ella misma elabora, estudia Psicología Social y asiste a un taller de asistencia a varones que ejercen violencia.

Carolina aporta esperanza. Fue golpeada, agredida, vulnerada, con ayuda psicológica pudo visibilizar la situación en la que estaba inmersa y de la que debía salir en forma urgente, y reconoce el rol importante de Verónica Sandoval, que impulsa desde FAMUCH emprendimientos e inserción laboral de mujeres en estado de vulnerabilidad. “Gracias a ella conseguí la beca para estudiar y asistir al taller de varones que ejercen violencia en la pareja. Creo en ese cambio”, relata a Jornada.

Carolina trabajó un tiempo en un restaurante, pero cuando la despidieron tuvo que pensar que hacer, estando recién separada y pagando un alquiler junto a su hija. Entonces comenzó con su emprendimiento de panes caseros. “Cada vez que salía a vender mis panes y no se vendían me frustraba, todo parecía inalcanzable. Pero las ganas de trabajar de forma independiente y en mi casa era más fuerte. Logré aprender a ser constante y disciplinada, y a confiar en mí. Gracias a quienes compran y me ayudan a seguir sosteniendo mi autonomía”, expresó.

Hablar de su pasado no es fácil. En la entrevista con Jornada, Caro midió sus palabras, las pensó e intentó no omitir nada de lo vivido para un solo fin: que su experiencia sirva para otras mujeres que estén luchando para salir del círculo de violencia y sientan miedo. “La relación con el papá de mi hija se convirtió en una historia de violencia física, verbal y psicológica. Mucha violencia psicológica”, recordó.

Se centró en el momento que comenzó su pesadilla. “Todo venía bien hasta un punto. Demostró en un momento de la relación que era celoso y obsesivo. Me llamaba de 15 a 20 veces por día. Yo estaba enamoraba y pensaba que lo podía llegar a cambiar. El hostigamiento no lo podía detectar. Luego formamos una familia. Tuvimos una hija, casa, muebles, negocio. Ahí, se puso más intenso. Cuando llegó la nena yo no trabajaba. Él manejaba la economía. Yo no tenía derecho a nada. Me llegó a decir que la comida la pagaba él y me tenía que quedar callada. Obviamente no me quedaba callada”, deslizó.

Las palabras y actitudes muchas veces, le dolieron tanto como los golpes. “En varias oportunidades me dijo: pago el alquiler, es mi negocio, mi auto, yo compro la comida. Me busqué un trabajo, me puse a trabajar en una tienda para tener plata para mí. La violencia física llegó ahí también. Decía que me veía linda, que todos me miraban y le daba desconfianza. Si salía con mis amigas, daba vueltas alrededor y tenía que volver a mi casa. Yo tenía miedo y llegué a mentir para no enojarlo”.

“Empezamos a ir al psicólogo. Hicimos terapia de pareja. El psicólogo se dio cuenta de que yo no hablaba. Él hablaba antes. Nos empezó a citar solos, separados. Me dijo que me había citado sola porque `Me di cuenta que no te dejaba hablar´. Ahí vi más claro el panorama”, aseguró.

50 denuncias

Hizo referencia a la seguidilla de situaciones que la pusieron contra la pared más de una vez. No se quedó sin hacer nada. Denunció y denunció. Hasta que se cansó. “Tiene un montón de denuncias. Son un montón, más de 50 denuncias. Me dijo que me iba a prender fuego a mí, a mi mamá. Que me iba a agarrar en la calle. Era muy infeliz y yo no lo podía hacer feliz. Renuncié a todo para ver si me bancaba como yo a él. Le duró una semana, junté mis cosas y me fui. Quedé muy endeudada por ayudarlo mucho. Yo lo ayudaba y no se esforzaba. Yo hacía mucho. La nena era muy chiquita. Trabaje en un pelotero, en un restaurant y en una oficina de préstamo a la misma vez”.

Historia de superación

Recordó cómo fueron los primeros momentos luego de tomar la decisión de separarse y empezar con su nueva vida.

“Me fui a alquilar mi primer departamento, luego a una casa más linda y luego a otra, mejor. Es una historia de superación personal, el después. Me di cuenta que cuando lo corría de mi vida, hacía las cosas que me gustaban. También sabía que cuando me separara iba a ser una tortura, era consciente de eso. Muchas veces le dije que no era feliz. El nunca quería aceptar la separación. Cuando me separé comencé a tener enfermedades psicosomáticas. Él ponía de escudo a mi hija. Se la llevaba todo un día sin dar señales. Cuando me la dejaba ella lloraba un montón. Me tuve que ir de la casa de mi mamá porque me seguía. Me fui a una casa de una amiga. Su familia me maltrataba, me decía cosas horribles”.

“Vale la pena”

Carolina hizo un silencio. Buscó las palabras adecuadas para describir lo que emprendió y dijo: “A veces no creo todo lo que avancé. Tengo mucha fuerza de voluntad. Por eso pude lograrlo todo. Siempre digo que si tienen problemas con sus parejas que se separen. Que no va a ser fácil. Luego, se vienen cosas malas, pero vale la pena. Hay que sostenerlo, después que pasa la tormenta empezás a vivir la vida plena. Empezás a ser más selectivo con las relaciones y las amistades. Eso no tiene precio. Es hermoso”.

Vivir tranquila

Para finalizar, esbozó una sonrisa y reiteró su deseo: que su testimonio sirva a otras mujeres. “Hoy tengo algunos problemas económicos pero vivo tranquila. Es un proceso, aún sigo en un cambio. Tengo que sacarme el modelo de patriarcado y de modelo de familia. Se caen cosas que tengo dentro y las quiero sacar. Es difícil. Pero sí se puede”.

“La tranquilidad no tiene precio. Que nadie te amenace, que nadie te golpeé ni te maltrate. Eso no hay que aceptarlo”.

Fuente: Jornada