BUENOS AIRES (ADNSUR) - Facundo Marracón tiene 32 años, es diplomático, y vivió en los Estados Unidos y en París, donde perfeccionó su educación.

Hace 13 años fue imputado por el homicidio de su madre, Nora Dalmasso, quien murió el 26 de noviembre de 2006 en su casa del country Villa Golf de Río Cuarto. La mujer tenía 51 años y esa noche había cenado con amigas. El encargado de matarla la estranguló con sus manos y con el lazo de su propia bata, pero nunca se supo quién fue, entre diversas hipótesis que se tejieron.

Facundo finalmente sobreseído y ahora habló por primera vez. Nunca lo había hecho y respondió por mail a la consulta de Infobae sobre esos días en que su nombre y su imagen aparecieron en todos los medios del país.

“Mi imputación tuvo una clara motivación desde el peor de los prejuicios que lamentablemente al día de hoy subsiste en algunos despachos de los tribunales: como un acto de homofobia, pensar que por mi sexualidad ‘había algo raro'. Si no era yo, era mi ambiente gay, con supuesta tendencia hacia el delito. Fácil de explicar en una sociedad que para ese entonces no era tan abierta o comprensiva como es hoy”, consideró.

A Facundo se lo acusaba de haber atacado a su madre después de abrir la puerta con llave, y tras haber recorrido en un auto más de 200 kilómetros desde Córdoba, donde estudiaba Derecho.

Sobre esa decisión judicial, dijo: “Mi fatídica imputación fue claramente la opción más fácil: frente a una dudosa prueba genética que al principio no se había podido obtener y después se obtuvo como por arte de magia por un centro genético provincial de dudosa independencia, con medio adn sin descubrir, fueron por el eslabón más débil: yo como hijo. Mi padre estaba probado que se encontraba en otro país con decenas de testigos, aunque después vinieron con la película de ciencia ficción del avión, y mi abuelo estaba con mi abuela y mi tía en su casa. Yo era el único que estaba durmiendo solo y a 220 kilómetros”.

Sobre cómo ese hecho repercutió en su vida, Facundo fue contundente. “Por más de un año, tuve que esconderme de lugares públicos, cubierto con gorra y anteojos de sol pensando que la Justicia o los medios me perseguían. Más allá de destruir mi juventud, lo que hizo el fiscal Di Santo y el aparato judicial que lo respaldó fue intentar matarme socialmente. No les alcanzó con dejar impune el crimen de mi madre, quisieron matar a su hijo no solo por facilismo en resolver la causa sino por una marcada y explícita homofobia institucionalizada al menos en la fiscalía de este fiscal. Fue tal la cobardía de la justicia, que me tuvieron más de 5 años dependiendo de un análisis genético que se hiciera en el exterior, sin dejarme salir de la provincia al principio y luego del país, sin poder continuar normalmente con mis estudios ni con mi proyecto de vida. Nunca les escuché pedir disculpas, ni creo que les interese hacerlo”, sentenció.