Gabriela Zúñiga tenía 18 años cuando su exnovio, de 17, la asesinó y enterró en un descampado en la zona de Bella Vista el 12 de noviembre de 1998. Su papá era policía de la Seccional Tercera de Policía y ese día estaba en plena actividad. Nunca se imaginó que en un procedimiento en Bella Vista lo que encontraría lo iba a marcar de por vida: desenterró un cuerpo y era el de su propia hija. El autor del hecho fue encontrado rápidamente por la policía gracias al aviso de testigos que habían registrado movimientos sospechosos. A 23 años de la pérdida de Gabriela, su mamá Teresa recibió en sus casa a Expedientes Comodoro y relató cómo sucedieron los hechos. Un caso cerrado por la justicia pero abierto por siempre en el corazón de la familia.  

Segundo Zúñiga, hoy jubilado de la fuerza policial, trabajó durante 30 años en la Seccional Tercera de Policía.  El 12 de noviembre de 1998 sus superiores lo notificaron que habían dado aviso de un cuerpo en un descampado la zona de Bella Vista. Rápidamente, junto a otros policías se dirigió al lugar para realizar el procedimiento correspondiente.

“Dice mi marido que empezaron a desenterrar y salta el brazo de mi hija con su pulsera y él la conoció ahí nomás. Dice que él dijo: ´Es mi hija´, y volvieron a desterrar y sí. Mi marido, dicen que se largó a llorar, que gritaba, así que lo ayudaron.  Él mismo desenterró a su hija; no sé cuál fue el motivo por el que Dios hizo que él encuentre a su hija, pero siempre agradezco haberla encontrado, porque alguien la vio; si no creo que hubiera quedado otro caso impune y hubiese sido otra Mónica Acuña", relata su mamá.

Teresa habla pausado. En un tono casi imperceptible recuerda aquellos días difíciles y busca respuestas a esa inexplicable muerte. Le arrebataron uno de sus cinco hijos.

Gabriela Zúñiga, víctima de lo que hoy se considera un femicidio, tenía muchos amigos, cursaba sus estudios en la Escuela Magisterio turno noche y había estado de novia con Gustavo, de 17 años, por un par de meses. Pero esa relación estaba terminada, indicaron quienes atestiguaron el día del juicio. Su mamá señala que el problema entre ellos fueron los celos. “Yo no sabía por qué se habían enojado; él lo que no quería era que Gabriela se junte en la casa con los chicos ni salga a ningún lado. Eso fue lo que pasó entre ellos. Él siempre estaba en mi casa, comía con nosotros; yo lo iba a dejar a su casa para que no le pase nada”.

EL PEOR FINAL

Ese día, el 12 de noviembre por la tarde, la pareja había acordado un encuentro. “Después de que se pelean  la invita a la noche, entonces le digo que no. Si ya terminaron ¿Qué va a salir a hacer a la noche?  Entonces quedaron en el día. Claro, a la noche era mejor para él porque ya sabía lo que iba a hacer; nadie lo iba a ver”.

El fallo con fecha 8 de octubre de 1999 al que tuvo acceso Expedientes Comodoro relata minuciosamente –valiéndose de testimonios claves- cómo se pactó el encuentro. 

Gabriela Zúñiga, la adolescente a la que mató su novio y encontró enterrada su padre policía

Fue aproximadamente a las 14:30, en un lugar no precisado de la Avenida Kennedy. De lo que ocurrió después fue testigo un matrimonio que vio llegar un auto a la zona de Bella Vista bajar una pala, hacer un pozo y enterrar algo. Ante la duda y estos movimientos extraños decidieron dar aviso a la policía.

Fue lo que permitió dar rápidamente con el autor de uno de los crímenes más escalofriantes que tuvo la ciudad. También fue el momento en el que el propio padre de Gabriela Zúñiga, en servicio en ese momento, recibe un alerta de que habían encontrado un cuerpo y que debía dirigirse al lugar.

“Él mismo desenterró a su hija. Es lo que yo siempre digo; no sé cuál fue el motivo por el que Dios hizo que él encuentre a su hija, pero yo siempre agradezco a Dios igual por haber encontrado a mi hija porque alguien la vio, porque si no yo creo que hubiera quedado otro caso impune y sería otra Mónica Acuña”.

“La Gaby salió, se fue con Gustavo. ¡No! me decía él. Y yo le digo: ¿Qué paso? Entonces me dice: a la Gaby la mataron.  Le digo fue Gustavo. Yo  iba a salir a buscarlo; entonces agarra mi marido y me dice: `no, déjalo que ya está´. Ya lo habían agarrado; estaba en la (comisaría) tercera detenido. Llegan (los policías) a la casa de él y estaba lavando el auto; se lo llevaron pero él no hizo nada. Agarró y se entregó”.

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LA CONDENA DE UN MENOR

El hecho fue caratulado como homicidio simple. El Tribunal compuesto por los jueces Dr. Daniel Pintos, María Elena Nieva de Pettinari y Miguel Ángel Caviglia condenó de manera unánime al autor del crimen a 11 años de prisión por encontrarlo penalmente responsable del delito.

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Además, el Tribunal sentenció que una vez que la sentencia esté firme el condenado sea trasladado al Instituto que designe la Dirección General del Régimen Correccional con asiento en Capital Federal. El autor del crimen estuvo detenido entre el 12 de noviembre de 1998 y el 1 de marzo del año siguiente.

Luego, el Juez de Instrucción autorizó salidas transitorias en régimen de semi libertad para que pueda finalizar el colegio secundario. Ser menor de 18 años –al momento del crimen-  y no tener antecedentes penales fue un atenuante en la pena. Mientras tanto, la familia de Gabriela manifestaba su disconformidad con estas licencias y reclamaba su encarcelación.

“Hacemos el juicio y él queda adentro, pero como yo te digo, no lo cumplió. Él se había puesto a estudiar, estaba en la Universidad estudiando. Los jueces decían él tiene que seguir estudiando. ¿Y mi hija? ¿No tenía que seguir? Mi hija también tendría que estar estudiando. Yo no le voy a dar los gustos, él tiene que estar preso”, recuerda Teresa, quien se ocupó en primera persona de monitorear si el homicida cumplía con lo dispuesto por la Ley.

UNA HERIDA ABIERTA

Durante muchos años Segundo Zúñiga no pudo ni quiso hablar del tema. Fueron años difíciles para la familia: “había peleas, discusiones, broncas y no era mi casa así. A nosotros nos hicieron mal pero no podemos demostrar eso; tenemos que ser como somos”.

Teresa recuerda lo duro que era verlo soñar “a mi marido, llorar, gritar y tuve que seguir y ser fuerte. Una vez que estuvo preso como que yo me quedé más clama, más tranquila pensando que iban a cumplir. Para mí la justicia no existe; solo creo en la justicia de Dios. Algún día me lo voy a cruzar y me va a tener que decir por qué hizo esto”, resumió.