COMODORO RIVADAVIA (ADNSUR) - El 20 de julio se cumplieron 19 años de la desaparición de la joven Mónica Acuña, uno de los casos emblemáticos de Comodoro Rivadavia que desde la segunda mitad de la década del 90 contabilizó alrededor de 20 casos similares, signados por la incertidumbre de no saber qué ocurrió con esas personas, casi como un trágico remedo de los años de la sangrienta dictadura iniciada en 1976, pero con la diferencia de que estos hechos ocurren en pleno sistema democrático. Pese al tiempo trasncurrido, la mamá de Mónica no resigna su búsqueda.

La joven fue vista por última vez en la madrugada del 21 de julio de 1998, luego de compartir un festejo del día del amigo un domicilio del barrio Isidro Quiroga, adonde había concurrido tras salir de su lugar de trabajo. Estudiante de Ciencias Económicas, la chica se desempeñaba como cajera de supermermercados La Anónima y esa noche salió para compartir un festejo más, dejando tras de sí un misterio que Mónica Chodil sigue bregando por esclarecer, desde el tesón de su corazón de madre y de sentirse abandonada en esta búsqueda.

“Es un dolor muy grande, en estos 19 años que hemos buscado todas las cosas habidas y por haber, siempre caemos en el mismo punto: que este pibe, Mariano Antileo, fue la última persona que vio a mi hija con vida”, dijo Mónica el día jueves, en diálogo con el programa "Hasta que se demuestre lo contrario", que se emite por la radio 100.1.

Cargando con sus propios problemas de salud a cuestas, la mujer refiere los hechos que quedaron congelados en la crónica policial casi desde los primeros momentos de una investigación frustrante, porque llegó a endilgar un presunto homicidio y descuartizamiento de su hija a 3 indigentes que ella, la madre, está convencida de que fue una excusa para desviar la pista sobre el verdadero responsable de la desaparición: “eran unos borrachitos, que vivían en la pobreza total, mi hija nunca pudo haber estado con esa gente; me dijeron que ellos la habían secuestrado y violado, pero nada que ver, si eran gente que no podían con ellos solos… yo tuve que ir a la casilla donde vivían, me atreví a hablar con ellos frente a frente, me dijeron que todo estaba arreglado para que le echaran la culpa a ellos, para acusarlos de agarrarla, violarla, matarla y descuartizarla. Me dijeron que la policía les dijo que se echaran la culpa. Después igual me entrevisté con otros dos, al tiempo los mataron. Pero como madre estuve frente a frente con ellos y me di cuenta de que esas personas no tenían nada que ver con el asunto de mi hija”. Chodil siempre sospechó de la policía y una supuesta protección hacia  Antileo, pero en los hechos nada de esto pudo encauzarse en una investigación concreta.

Afectada en su propio estado de salud, la madre no cesa en su lucha casi solitaria, sin ayuda del sistema judicial ni de la policía. “Todas las trabas que me puso la vida he tratado de pasarlas y de tener fortaleza para seguir adelante, se ve que Dios quiera que siga buscando y voy a tener la dicha, antes de morirme, de encontrar a mi hija de la manera que sea, de que al menos voy a saber algo. Si alguien que no se animó a hablar en todo este tiempo, que tal vez sepa algo de lo que pasó y tuvo miedo, yo sigo viviendo en la misma casa de siempre, mi teléfono es el mismo (4478029) y me puede llamar para ayudarme. Yo  sigo buscando y sufriendo, a la vez tengo mis hijos que necesitan una respuesta y lamentablemente de la policía y la justicia no tenemos nada, hace años que ya no se la buscan, sólo salí a buscar yo con mis hijos y ahora ya se olvidaron, no se acuerdan… la que nunca se olvida soy yo, que soy la madre”.

 

Otros casos resonantes

En la memoria colectiva de la ciudad aparece como fresco el caso de la desaparición de Nicolás Capovilla, de quien nada se sabe desde el 26 de enero de 2016 y quien este 21 de julio cumpliría 37 años. Pero la lista oficial vigente en la Fiscalía se remonta al 1 de enero de 1997, con la desaparición del niño Hernán Soto en el camping San Carlos. Antes de ello, se recuerdan otros dos casos, ocurridos en 1994 y 1995, con la desaparición de una adolescente en el primer hecho y un hombre técnico electromecánico, respectivamente.

Otro hecho emblemático es el de Iván Torres, por cuya desaparición forzada fueron juzgados integrantes de la seccional primera de policía de esta ciudad, condenándose a Fabián Alcides Tillería a 15 años de prisión, mientras que Marcelo Miguel Alberto Chemín fue condenado a 12 años de prisión.

Incluso un hecho refleja con cierto tono de burla el manto de impunidad en este tipo de hechos: la joven Ángela Carolina Díaz, quien fue vista por última vez un 22 de abril del 2010, había denunciado reiteradamente la desaparición de su propio padre, Leandro Arturo Díaz, de 61 años, sin rastros desde el 1 de enero de 2009. “¿Adónde van los desaparecidos?”, se pregunta Rubén Blades en aquella canción, evocando a los perseguidos en la noche latinoamericana. Aunque por motivos distintos, la misma pregunta cobra sin embargo crudo realismo en la urbe petrolera.

El periodista Miguel Guerrero, de la sección de Policiales de diario Crónica, publicó años atrás una reflexión que sigue teniendo plena vigencia, en torno a los desaparecidos de Comodoro Rivadavia, tras enumerara algunos de los casos vigentes hasta ese momento, entre los que se incluye:

"Ni el reclamo de familiares y amigos, ni las numerosas marchas realizadas a lo largo de los últimos años han obtenido resultados concretos sobre las muchas personas desaparecidas en esta ciudad, en su mayoría sospechadas de haber sido víctimas de cruentos incidentes.

Tampoco se ven los resultados a corto plazo de la brigada especial para investigarlas que se conformó hace cuatro meses por parte de la policía provincial. Desde el caso Mónica Acuña, que tuvo repercusión nacional, hasta los de Iván Torres y David Plascencio, donde se han tejido todo tipo de conjeturas, las causas se han ido amontonando en los Juzgados de Instrucción y permanecen irresueltas.

Muchas son por demás complejas, como en los casos de las ex-cajeras de 'La Anónima' Mónica Acuña y Silvia Picón, donde las sospechas firmes apuntan a que fueron víctimas de cruentos homicidios, y otras -más que misteriosas- como la del inofensivo joven David Plascencio que lo vieron caminando por calles de la loma un sábado de noviembre por la tarde y desde entonces no se supo nada más.

Se trata de un número importante de personas desaparecidas para una población de 150.000 habitantes, que sería el equivalente a un barrio de Buenos Aires. ¿Es posible que un niño de 10 años desaparezca del casco de un camping ante la vista de más de 1.000 personas, un 1º de enero como pasó con Hernán Soto? ¿Es posible que en un radio de menos de 10 cuadras nadie sepa fehacientemente quién o quiénes interceptaron -o entregaron- a la joven Mónica Acuña una madrugada de festejos por el día del amigo? ¿Es posible que un hombre incurra en tantas contradicciones y, aún así, quede como denunciante de la desaparición de un familiar?

En Comodoro Rivadavia sí es posible, lo que evidencia una falla en el sistema de investigación (sea policial o judicial) o en las armas legales para revertir determinadas situaciones y que seguramente es un tema para debatir, tanto la sociedad como los peritos idóneos en la materia.”