Ser mamá con fecha de vencimiento es ser mamá por un tiempo determinado; es ser mamá cuando se está viendo que está por terminar.  En un nuevo podcast de “La Vida de Hoy” Sole Chorny dialogó con Gabriela y cuenta en primera persona cómo es ser mamá por un tiempo.

Madres con “fecha de vencimiento”: la familia solidaria que recibe chicos y les busca un hogar

"Ser mamá, que es tan romántico para algunos, no lo es para mí. No le tengo una comida preferida; no tengo un cuento, no coso, no tejo, no sé de manualidades. Tengo muy poco y cada vez voy perdiendo más... Yo no soy ese modelo de mamá. No lo tengo para nada. Mi hijo me dijo “solo un abrazo es lo preferido para mí”. Se ve que soy buena abrazando... Soy la mamá de los abrazos", expresa. 

"Formas de ser madre: todos podemos hablar de esto. Si no somos madres todavía, alguna tuvimos, y digo 'alguna'  por nuestras mamás biológicas, pero también porque probablemente tengamos una de corazón".

Madres con “fecha de vencimiento”: la familia solidaria que recibe chicos y les busca un hogar

Así comienza la presentación para dar lugar a todo lo que tiene Gaby para compartir. Es mamá de dos jóvenes: Luca, de 22, y Martina, de 17 años, con la particularidad de que Martina tiene hidrocefalia y lleva, desde que nació, una vida de médicos y atenciones especiales, propias por su patología. Hace unos años atrás sintieron, como proyecto familiar, que podían dar amor y contención a otros niños que lo necesiten y así fue como consultaron para ser parte del proyecto de familias de corazón.

En su relato ella repasó lo que es ser mamá y esta forma diferente de serlo, porque el manual no está escrito... "Hay manual para tantas cosas, pero para esto no. Definitivamente, ser madre es una construcción. Yo pensaba que, si hay algo a lo que realmente me dediqué, capacité y lo hice con la mayor seriedad y responsabilidad fue a ser mamá. Mi profesión es ser mamá. Aprendí de todo: genética, kinesiología, psicología, medicina y, sobre todo, a dar mucho amor".

"Al principio te dicen que ser familia solidaria no está muy bien definido, porque son experiencias totalmente diferentes con cada situación, con cada niño o niña. Lo primero que te dicen es que no sos la mamá, que no son tus hijos, que están en tránsito. Al principio vos lo entendés muy claramente, pero después, cuando va transcurriendo el tiempo, te das cuenta de que se parece mucho a la maternidad... Yo cuido, yo no duermo, yo doy de comer, yo abrazo, yo contengo y en todo ese tiempo fui enseñando a soltar. Agarré muy fuerte a esas nenas, pero con el sentimiento constante de que las iba a soltar. Me parece que eso ha sido la maternidad con mis hijos adolescentes ahora. Todo el proceso fue enseñarles a que los soltaría en algún momento", cuenta Gabriela. 

"Una forma de enseñar a soltar es agarrarlos bien fuerte. Para mí el apego, el colecho, el poner el cuerpo, es trascendental y vos los agarrás muy fuerte y a ellos les das confianza... Yo veo a Martina con 17 años y a Luca, con 22, sé que se están yendo. Sé que están buscando su camino, su vida, pero siguen abrazándose como bebés", agrega. 

Gabriela relata que tuvieron "dos casos súper importantes de familias solidarias: El primero fue el de una beba recién nacida, de un embarazo no querido, de una situación de violencia. Nació con apenas 2 kilos y nos avisaron sobre la situación y tenía que permanecer en terapia intensiva hasta recuperar el peso. Mi primera experiencia de maternidad tuvo que ver con ser madre sola, trabajando todo el tiempo -recuerda Gabriela-. Sentí que era un regalo del universo para nosotros. Llegó Elena a casa; fue ir a buscarla a terapia intensiva y apenas la levantamos se le cayó el cordón. Fue increíble. De un día para el otro pasar a los pañales, mamadera, a no dormir, a hacerle mucha upa, darle mucho amor y básicamente lo que vimos es que el cuerpito necesitaba colecho, calor. Entonces aprendimos a hacer el fular: una tela inmensa como de 5 metros en la que te enredás a los bebés, los pones adentro tuyo y los tenés súper  apretados. Así andábamos con Elena haciendo colecho como 20 horas diarias", relata esta súper mamá.  

"Yo lo que recuerdo de hace tres años a esta parte es sentirla en mi pecho, el calor en mis brazos; fue darle esa contención de panza que no había tenido, esos mimos y ese amor durante un año. Vivimos todo ese proceso de alimentarse, de aprender a comer, de miradas, de mucho amor. Y ahí te llenás de dudas cuando desde el equipo de familias solidarias te dicen: ' vos no sos la mamá; sos la tía' .  Fue más fácil en ese momento. Más dura fue nuestra segunda experiencia, cuando llegó Beta a casa, con 11 meses y cumplió el año al estar en casa. Ella ya respondía y ponía voz a las cosas; entonces Betania y Sami, que tenía 3, su hermanita, si necesitaba nombrarnos decir tía era muy difícil. Era más fácil decir 'ma'. Y la verdad es que, a pesar de lo que decía la profesional de la Senaf (Secretaría de la Niñez, Adolescencia y Familia), tengo la prueba de que funciona -confiesa-, porque después de estar un año en casa Betania y Sami no les costó nada dejarnos de nombrarnos así y pasar a decir 'tía' una vez que ellas lograron tener su familia de adopción definitiva". 

"Cuando me preguntan qué es ser familias solidarias uno piensa que lo hacemos por ellos, pero cuando yo pienso lo que recibí de las nenas es incondicional: el amor de esas miradas, de esas caricias... Beta y Sami vinieron con mucha violencia, con una violencia que era increíble en un bebé. Se autoviolentaban, se arañaban, se mordían, nos arañaban, nos mordían, nos pegaban, se daban la cabeza con la pared y ver a un bebé de 11 meses hacer eso era tremendo; era increíble. A los dos meses de agarrarla fuerte a Betania, porque tenía mucho rechazo al apego, al cuerpo del otro (la agarrabas fuerte y estiraba su mano contra tu pecho porque se quería alejar), empecé a ver un reconocimiento en su mirada. Es increíble, es una fidelidad maravillosa. Son ojos de confianza, ojos de amor, ojos de tocarte la mano y mirarte con un amor... Ella está viendo que es por un momento, por un instante, lo que dure, y así fue como no costó que se fueran. Eso fue increíble, fue decirles: 'ésta es tu mamá para toda la vida que se llama Marita; éste es tu papá para toda la vida. Yo acá estoy. Ahora soy tu tía para amarte toda la vida también".

"Ahora no pudimos tener relación con ellas. Es un dolor inmenso, porque cada familia lo procesa como puede y de la manera que puede. Lamentablemente no nos dejaron continuar el vínculo. Yo considero que hubiese sido lo mejor seguir siendo sus tíos pero los papás decidieron comenzar este tránsito solos. No las vemos, no sabemos cómo están -lamentó Gabriela-. El cumpleaños de Betania fue el 13 de octubre y lo festejamos solos en casa".

"En algún momento, como los tiempos se extendieron, pensaron que lo mejor era llevarlas a un hogar, y nosotros sentíamos que era una locura. Seguro iban a estar bien cuidadas, pero ahí iban a tener un horario para desayunar, un horario para levantarse, y no iban a tener abrazos a demanda ni la contención ante una pesadilla en medio de la noche o cuando se golpean una rodilla. Todo eso en una institución no está. Yo creo que familias solidarias sirve un montón en ese sentido", agrega y asegura que la figura de familias solidarias "es fantástica" aunque "necesita un poco más de trabajo, de equipos integrados, y no tanta disociación de un lado y del otro y mientras tanto, seres humanos ahí en el medio que pasamos por estas cosas".

"El sistema no te permite adoptar; hubiese sido casi una traición a nosotros mismos si llegamos a pensar en la adopción porque sabíamos que no era a largo plazo. Siempre tuve claro que quería darles ese amor en el momento que sea necesario. Teníamos claro que no queríamos ser padres adoptivos, pero en el momento que lo vas transitando, un año en la vida de un pequeño es muchísimo tiempo. Un juez que trabaja con infancias dice cuánto tiempo es un tiempito porque cuántas veces le decimos un tiempito y nos preguntamos cuánto es un tiempito de acogimiento... Un año en un niño es muchísimo tiempo", explica Gabriela y añade: "Sí pensamos por un momento el ser madres y padres definitivos, para cuidarlas un tiempo más, para que no pasen otro trauma de desprenderse de nosotros y seguir a otros, pero llegaron los padres definitivos; llegó la familia para siempre y soñamos con que sean felices, triplicar el amor que nosotros le podemos dar y el cuidado y todo eso".

Gabriela se queda con el mejor recuerdo: "En el ADN de nuestras nenas está el amor, así que sea la vida que ellas vivan, van a encontrar siempre el amor; en su célula mínima y pequeña y lo van a buscar; entonces creemos que con eso le garantizamos un buen futuro a largo plazo. Tenemos que ser más responsables; estamos dando vida al mundo. Tenemos que criar con responsabilidad, criar con amor pero con seguridad para que sean seres humanos útiles, sanos y felices".

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