COMODORO RIVADAVIA (ADNSUR) - La nueva crisis de precios del petróleo parece obedecer a dos factores principales, potenciados e influidos entre sí, como son el efecto de la pandemia del coronavirus y la disputa desencadenada entre Araba Saudita y Rusia, que a su vez involucra nada menos que a Estados Unidos.

En esa pelea de gigantes petroleros, Argentina en general y la cuenca San Jorge en particular observan sin posibilidad de incidencia alguna en la disputa, pero con la necesidad de adoptar decisiones urgentes a fin de atenuar los impactos negativos. Aquí tres claves sobre el origen del problema y posibles derivaciones para la actividad petrolera y el precio de los combustibles en nuestro país. Más que el aleteo de una mariposa provocando tempestades en otro extremo del planeta, hoy la metáfora parece arrancar por un estornudo asiático.

1) Un resfrío en China. Aunque el precio ya había iniciado una tendencia a la baja por la retracción de la demanda de energía, como consecuencia del coronavirus, el derrumbe de precios se aceleró luego de que el viernes 6 de marzo fracasara el intento de la OPEP y Rusia para prolongar, desde abril, el acuerdo para recortar la producción. Con ese tipo de recetas, el cartel y sus aliados habían logrado mantener estable el mercado, sobre el que todo el año pasado hubo tensiones a la baja por dos razones principales: un enfriamiento general de la economía, producto de la guerra comercial entre China y Estados Unidos; y una sobre oferta mundial de petróleo, debido a la alta producción de este último país a partir de sus grandes recursos shale oil: el país de Trump es el principal productor de crudo a nivel mundial, con más de 17 millones de barriles diarios. Ha superado a Rusia, con 11,5; y a Arabia, con 9,8 millones b/d. Como consecuencia de estos factores, el crudo cayó del piso de los 50 dólares de hace 10 días, hasta los 35 dólares en los que ha oscilado esta semana.

2) Pelea de gigantes. Cuando Arabia y Rusia rompieron la tregua que venían sosteniendo, la prensa internacional publicó referencias en torno a declaraciones de un alto funcionario ruso, quien calificó al acuerdo como una opción “masoquista”, según publicó BBC Mundo, al citar los dichos del vcero de la petrolera rusa Rosneft: “Estamos renunciando a nuestro propios mercados, sacando el petróleo barato árabe y ruso para dejar espacio para el caro petróleo de esquisto de Estados Unidos y garantizar la eficacia de su producción”, planteó el vocero. Tiene mucho sentido, ya que a costa del recorte de los países partícipes de las negociaciones (para mantener un precio en torno a los 60 dólares) de las que no es parte Estados Unidos, éste igualmente se ha beneficiado: con precios inferiores a 50 dólares por barril, el alto costo de la producción del shale se tornaría menos viable, ya que si bien ha habido una mejora en los costos, estos siguen siendo más altos que en la producción convencional (con grandes niveles de endeudamiento para sostenerse).

Por lo contrario, la producción de un barril de crudo en Arabia oscila entre 3 y 6 dólares, según explicó días atrás el gerente de Petrominera Chubut, José Luis Esperón. Es decir, el país árabe tiene un margen más alto para soportar precios “bajos” (vale recordar que sólo a partir de la primera década del siglo XXI el barril comenzó a superar los 30 dólares, ya que desde los primeros años 70 hasta la crisis de 1999 –cuando cayó hasta 11 dólares- el petróleo no superaba los 20 dólares. Al patear los escritorios, los árabes no sólo afirmaron que no volverán a reducir su producción, sino que también la aumentarán. Enojados, anunciaron que empezarán a entregar 12,3 millones de barriles diarios desde abril, al límite de su capacidad de producción, ofreciendo además grandes volúmenes de crudo a precios de descuento. El margen para esa apuesta está dado por la caída de sus propios ingresos (impacto que se multiplica fuertemente en países como Venezuela, Colombia y Ecuador), además de la pérdida de valor de las acciones de Saudi Aramco, que cayeron hasta 7,2 dólares el lunes último: peor le va a YPF, que llegó a 5,1 y pronostican que caería hasta 1 dólar por acción.

3) ¿Una vaca en el tanque de nafta? En Argentina, el efecto de la crisis es evaluado en dos planos. Al gobierno nacional le preocupa fundamentalmente hoy el impacto negativo sobre Vaca Muerta, cuyo potencial de recursos no convencionales es una de las pocas joyas que quedan por vender, pero que tampoco termina de despegar tras el letargo iniciado en agosto del año pasado: con este panorama, la producción con precios inferiores a 50 dólares también parece absolutamente inviable. En segundo lugar desde la mirada centralista, pero no menos importante, se ubica el impacto negativo en las economías provinciales: los miles de puestos de trabajo que genera la actividad en provincias como Chubut, Santa Cruz y Neuquén son igualmente vitales en un contexto económico nacional al borde de la recesión, mientras que los ingresos provinciales por merma de regalías y recaudación de impuestos multiplicaría el problema social para un gobierno al que no le sobra margen para sumar datos negativos. Por eso, se vuelve a hablar de la modalidad del “barril criollo”, que durante los tres últimos años en que estuvo vigente (2015 a 2018) implicó un costo de alrededor de 3.300 millones de dólares anuales. Ese monto fue solventado con un precio de combustibles por encima de lo que marcaba la referencia internacional, a fin de sostener la actividad y las inversiones en el sector, sumado a los fuertes subsidios directos desde el Estado nacional hacia la producción de gas en las áreas neuquinas.

En esta oportunidad, no habría margen para solventar grandes incrementos en el precio de los combustibles, pero la solución podría darse por la vía inversa: con precios en surtidor que se encuentran alineados en un valor que podría promediar los 50 dólares por barril, el litro de naftas y gasoil debería reducirse en forma proporcional al retroceso del crudo. Sin embargo, es posible que la estrategia a discutir entre el gobierno nacional y las petroleras, además de los gobiernos de provincias productoras, podría centrarse en un acuerdo para que los surtidores se mantengan estables, de modo que ese sobre precio actual (con un barril de 36 dólares) compense indirectamente el menor valor del petróleo, cuya incidencia en la composición tarifaria de sus derivados es, según afirmaban voceros de la industria cuando los precios eran altos (y buscaban justificar la suba de precios), del 80 por ciento. La otra opción, que puede ser alternativa o complementaria a la primera, es la suspensión temporal de las retenciones a la exportación, de manera de lograr una mejora indirecta en el valor del petróleo para el mercado argentino. Sería más efectivo que un barbijo para evitar contraer el coronavirus, pero no tan improbable como cargar una vaca (muerta) en el tanque de nafta.