Toda convocatoria a la ciudadanía a renovar sus representantes democráticos aparece como una maravillosa oportunidad para que aquella revise su pasado reciente y rediscuta su futuro.

Planes, objetivos, expectativas y equipos técnicos deben ponerse sobre la mesa para que cada ciudadano seleccione la que considera su mejor opción.

En términos ideales, en los años electorales debieran multiplicarse los ámbitos de discusión de ideas, donde cada facción pueda exponer su diagnóstico, argumentar sus propuestas y rebatir las ideas de las restantes facciones.

Pero así como la grieta impactó en el seno de las familias y amigos, modificando relaciones personales por diferencias políticas (que nunca se comprobó que fueran tan significativas), también el fenómeno impactó en la calidad del debate democrático.

El estado de tribalización política, imperante en la Argentina desde hace años, muestra a una sociedad dividida en bandos que se autoperciben irreconciliables, donde “el adversario” se convierte en “enemigo” al que hay que vencer y destruir.

La tribalización hace que los integrantes de cada tribu sólo quieran interactuar con quienes piensan como ellos. Sólo informarse en los medios que informen bajo la misma matriz de pensamiento. Las diferencias ideológicas van de este modo profundizándose hasta un punto donde es casi imposible pensar en la posibilidad del diálogo democrático.

Ese fenómeno no es exclusivo de nuestro país, ya que se ha manifestado en diversas regiones del planeta, pero parece prevalecer en sistemas de tipo presidencialista donde quién obtiene el Poder Ejecutivo se queda con todo el poder disponible, mientras que la oposición sólo tiene el incentivo de realizar maniobras de bloqueo con el objetivo de acceder al gobierno. Así lo demuestran los recientes hechos protagonizados en Estados Unidos y Brasil a partir de los últimos recambios gubernamentales. Enfrente, los sistemas parlamentarios y la necesidad de conformar gobiernos a partir de coaliciones que garanticen la mayoría, promueven la búsqueda de acuerdos entre facciones.

En este contexto de “grieta” deberá desarrollarse la campaña política del presente año que tendrá el objetivo de elegir nuevo Presidente de la Nación, Gobernador de la Provincia, Intendentes, y legisladores nacionales, provinciales y municipales. Pero esta vez, a diferencia de las últimas citas electorales, con algunos condimentos distintivos.

Como dije anteriormente, la grieta o “tribalismo”, ha profundizado las diferencias ideológicas a un punto donde era imposible imaginar un ámbito propicio para el intercambio de ideas entre las facciones.

La categorización, es decir la pertenencia a uno de los bandos que conforman la grieta, ahorra esfuerzos de análisis y argumentación. Sólo por ser integrante de una de las categorías se presume un diagnóstico de la realidad, un análisis de la situación y propuestas determinadas. Este “paquete” parecería aplicable frente a "cualquier" contexto, el que se percibe como un dato menor.

Del pragmatismo de otras épocas, que presumía la atención del contexto por sobre el programa ideológico, se ha girado hacia un modelo donde sólo parece importar un cúmulo de ideas todoterreno.

La grieta propicia, en mi entendimiento, una profunda pereza intelectual. Quienes se reconozcan en cualquiera de las facciones en pugna creen adquirir, sólo por ello, una licencia para no justificar sus posiciones (o las posiciones de la facción), las que se adoptan sin beneficio de inventario.

Este escenario acrítico requiere de referentes que radicalicen las posiciones políticas y cualquier reflexión que atienda algún argumento de la otra facción será vista como una claudicación.

En definitiva, sin ámbitos propicios para el intercambio de ideas, la grieta promueve líderes irreflexivos, quienes se destacan dentro de cada una de las facciones.

Los Partidos Políticos, vehículos canalizadores de las posiciones ideológicas, han contribuido a dificultar cualquier intento librepensador y dialoguista. A través de sus pretensiones de “organicidad” o “lealtad”, mediante las cuales intentan hacer prevalecer la posición de las estructuras partidarias, han servido de aleccionadores para cualquier intento conciliador.

Este fenómeno bautizado como “la grieta” se ha puesto al servicio de parte de la dirigencia que advirtió, en la división de la comunidad, una oportunidad para sus intereses mezquinos.

Sólo la confrontación garantizaba una performance electoral que, ciertamente, brindaba chances de triunfo.

Pero ello parece haber cambiado de cara al escenario electoral de 2023.

Ocurre finalmente que todas las mediciones que han tomado estado público parecen acreditar que este fenómeno, que sirvió hasta ahora para ganar elecciones, hoy no alcanza. Que la radicalización del discurso no logra conmover a una franja de la sociedad, hoy electoralmente determinante, que espera soluciones concretas más que prejuicios ideológicos, acuerdos perdurables más que peleas de microclima, previsibilidad más que incertidumbre.

El contexto descripto demuestra que hay buenas razones para esperar que, ya sea por convicción o por conveniencia, en las distintas facciones en pugna comiencen a prevalecer las opciones más reflexivas, mesuradas y tolerantes.

Estas condiciones, reflexión, mesura y tolerancia, parecen convertirse en los presupuestos ineludibles para que la Argentina pueda conciliar un marco de acuerdos mínimos que le permitan elaborar un plan de desarrollo sustentable, perdurable e inclusivo.

Hay buenas razones, insisto, para confiar que a partir de 2023 nuestro país abandone una oscura etapa de desencuentros y se encamine hacia un nuevo modelo de democracia, donde las diferencias ideológicas vuelvan a ser nada más que eso.

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