Marcelo Daniel Massad fue uno de los 649 soldados argentinos que murieron durante los 74 días que duró la guerra de Malvinas, en 1982. Tenía dos pasiones: su patria y el Club Atlético Banfield, donde jugó hasta que fue llamado para el combate. Le decían Dani.

La historia del soldado Massad comenzó a contarse el 31 de diciembre de 1962, día en que nació en una clínica de Lomas de Zamora. Hijo de Said Osvaldo Massad y de Dalal Abd, ambos de ascendencia siria, fue en sus tiempos de estudiante, sobre todo en el nivel secundario que cumplió en el colegio San Andrés, un destacado deportista. Practicaba básquet, tenis y fútbol, pero fue esta última disciplina su gran pasión, la que desarrolló en la quinta división del Club Atlético Banfield, en el puesto de arquero.

Daniel tenía 19 años cuando el 23 de marzo de 1982 fue reclutado y se incorporó al Regimiento de Infantería 7 Coronel Conde de La Plata. El 13 de abril de abril, apenas veinte días después, llegó a Puerto Argentino. Desde allí enviaba cartas a sus padres y en una de ellas hubo un pedido particular: "Me pidió que fuera al Banfield y le pidiera a la Comisión Directiva que le reservara el puesto de arquero. Me dijo que les hiciera saber que lo iba a defender tal cual estaba defendiendo a nuestras islas y a nuestra patria", contó Said Massad, su papá.

A fin de 2018, con motivo del que hubiese sido su cumpleaños, Banfield realizó un acto en su homenaje y el juvenil arquero del club, Facundo Cambeses, lució su nombre en la camiseta como recuerdo y homenaje, y luego le entregó el buzo a los padres de Daniel. "Creo que cumplieron conmigo el sueño que no pudieron vivir con su hijo. Fue emocionante", contó Facundo.

Marcelo Daniel Massad cayó abatido en combate en el último día de conflicto, el 11 de junio de 1982, en Puerto Longdon. Testigos de aquel momento contaron que Marcelo fue alcanzado por una ráfaga de metralleta en el momento en el que iba a buscar a unos compañeros que habían quedado aislados sin escuchar la orden de repliegue.

Ferviente religioso, llevaba siempre un rosario colgado al cuello. En la chaqueta que llevaba cuando murió se encontró un poema escrito por él y con Dios como destinatario. "Escucha, Dios", comenzaba y en otro pasaje decía: "Es raro que no te haya encontrado antes, si no en un infierno como este".