El domingo Camila Bonino (23) pudo por fin llegar a Comodoro Rivadavia, luego que dos días antes intentó hacerlo pero no pudo lograrlo por la intensidad del viento del viernes. Las ráfagas que alcanzaron los 144 km/h, según indicó el Servicio Meteorológico Nacional, impidieron que el avión en el que viajaba aterrice en el Aeropuerto General Mosconi, y tras tres intentos fallidos tuvo que desviarse a Bariloche, para finalmente volver a Buenos Aires, con todos sus pasajeros. Prácticamente fue un paseo aéreo por la Patagonia, pero de terror.

EN PRIMERA PERSONA 

Camila no duda en afirmar que fue el peor vuelo de su vida. Lo toma con gracia; está acostumbrada a viajar ese tramo, ya que hace cinco años estudia para Contadora en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Sin embargo, nunca imaginó que el viento, tan característico de la zona, le iba a jugar una mala pasada.

Este luego dialogó con ADNSUR y contó cómo fue ese vuelo, donde hubo llantos, gente descompuesta, algunos gritos y sobre todo incertidumbre.

"La situación fue muy estresante, fueron siete horas en un vuelo, sin poder bajar y sin poder tomar ni un poco de agua porque con esto del coronavirus no te dan nada para comer ni para tomar. Sabía que había viento, pero no me imaginé que tanto”, indicó en el inicio de la nota.

Camila asegura que el avión “se sacudía como si estuviera en una ligera turbulencia”. La gente estaba asustada, “se agarraba del asiento” y algunos incluso se descompusieron. 

En su caso, por suerte, no tuvo miedo. Su abuelo, quien fue despachante de vuelos, siempre le inculcó que los aviones son uno de los medios de transportes más seguros del mundo, y está acostumbrada a que de vez en cuando en esta zona de la Patagonia se haga sentir la intensidad de Eolo. 

“Yo por suerte no tengo miedo, pero hubo gente que la pasó muy mal”, admite, poniéndose en el lugar del otro. “El avión se movió mucho, tuvo tres intentos de aterrizaje, pero no pudo aterrizar”. 

DE COMODORO A BARILOCHE

Como cuenta Camila, el piloto intentó descender en tres oportunidades, pero finalmente terminó desviándose hacia Bariloche. Los pasajeros quedaron desconcertados, pero en el fondo cualquier opción era mejor que arriesgarse.

Así, el vuelo que salió a las 18:30 de Aeroparque, y que debía llegar cerca de las 21:00 a Comodoro, terminó aterrizando a las 22:50 en Bariloche. Allí, las azafatas atendieron a los pasajeros que tenían algún inconveniente y el avión cargó combustible para volver a Buenos Aires. 

Mientras tanto, los pasajeros se quedaron en la nave, esperando que otra vez tome aire para volver a capital, pero al aeropuerto de Ezeiza, a donde llegaron casi a las 2 de la mañana.  

“En Bariloche las azafatas tuvieron mucho trabajo atendiendo a cada uno de los pasajeros”, admite Camila. “Había gente descompuesta, llorando, muchas situaciones estresantes. Incluso un pasajero tuvo que bajar a comprar insulina. La verdad es que la gente tenía mucho miedo. Fue una situación re traumática”.

El avión finalmente llegó a Ezeiza, y cuando tocó pista todo el pasaje aplaudió, no podían creer que estaban en tierra y que iban a bajar del avión. 

Pero todo no terminó allí, ya que la empresa les informó “que solo podía reprogramar el vuelo porque no era su culpa, sino una condición climática”. Así ella terminó llegando a su casa alrededor de las 3:30. 

Este lunes, ella trabajó como lo hace habitualmente, pasó tiempo con sus padres, y recuerda lo sucedido con gracia. Es que es una experiencia, una anécdota para contar a sus amigos, y compañeros de trabajo de Buenos Aires, quienes no pueden creer lo que le sucedió.

“Ellos dicen que allá hay viento y yo les digo que el viento es otra cosa”, dice entre risas casi al terminar la entrevista. “Parece cómico, estuve siete horas arriba de un avión y volví al mismo lugar, encima más lejos. Fue literalmente un paseo en avión, encima traumático ”, sentenció, esperando no volver a pasar por esta situación.