AMAICHA - Agostina Arreguez es una adolescente de de 15 años que vive en la comunidad de Amaicha, en Tucumán, y desde muy pequeña tiene un sueño: dedicarse a la danza. La chica llegó a viajar 200 kilómetros para asistir a una clase y le cerraron más de una puerta  e incluso la maltrataron, según cuenta. Sin embargo, no se rindió, y tuvo recompensa. Es la primera bailarina que proviene de un pueblo originario. 

Agostina baila, reproduciendo en el aire los designios marcados en un pasado legendario. Y cumple a su vez con solvencia los pasos de la coreografía diseñada por su profesora,Yanina Llenes, inspirada en un segmento de la película Fantasía, donde un grupo de avestruces descansa hasta que uno se reincorpora y, con su ritmo, enciende a los demás.

Aquel baile quedó registrado en un video tomado por un celular, y afortunadamente llegó a las manos de Julio Bocca. Según informó Infobae, así es como esta adolescente de 15 años ahora forma parte de la fundación creada por el gran maestro del ballet en nuestro país.

De pequeña, hace más de una década, cada sábado por la noche Agostina miraba junto a su abuelo el ciclo Al Colón, que Marcos Mundstock conducía por la TV Pública. Frente al televisor, se paraba derechita y alzaba los brazos: “¡Yo voy a estar ahí! ¡Yo voy a ser así!”, decía, entusiasmada. “¿Vos vas a bailar ahí?”, la pinchaba el abuelo Lolo. “¡Sí! ¡¡De puntitas!!”, aseguraba y bailaba. 

En aquella comunidad -dirigida por un cacique y un Concejo de Ancianos, encargados de establecer las leyes que rigen en el lugar- lo único que se baila es folclore. Lucho y Samanta son profesore y en el 2000 fundaron la primera Escuela de Danzas Folclóricas Argentinas de Amaicha. Y como padres de Agostina, llevaban a su nena a las clases desde que aprendió a caminar. “Era todo un tema: a la señorita no le gustaba -se resigna su mamá-. Tenía tres años y hacía la suya: nos hacía renegar, volvía llorando a la casa. Pero bailaba bien...”, aporta su hija.

“A la nena no le gusta el folclore”, le dijo un día Samanta a Lucho, admitiendo lo que ya era innegable. Había que anotarla en una escuela de danza. Pero, ¿adónde? En marzo de 2010 surgió la primera alternativa en Santa María, Catamarca, a unos 20 kilómetros de Amaicha. La mamá de Agostina la pasaba a buscar por el jardín, la peinaba y la vestía en el colectivo, llegaban a tiempo para tomar la clase con una profesora de danza (más árabe que clásica), y salían con los minutos contados para subir al último micro de la jornada.

Una mañana Samanta leyó un cartel en la biblioteca popular del pueblo: “Se dicta taller de danzas clásicas con profesora recibida en el Colón”. Agostina fue de las primeras en anotarse: ya no había que viajar a Catamarca. “¡Amaicha se revolucionó! Era la primera vez que acá se veía acá algo que tuviera que ver con un tutú, y que se escuchaba una música completamente diferente a la que suena en el norte”, recuerda su mamá.

Tiene 15 años, es indígena, aprendió ballet por YouTube y Julio Bocca la becó en su fundación

Paula Violante la tuvo de alumna durante dos años, hasta que debió regresar a Buenos Aires. Antes de partir, en la casa de los Arreguez dejó un regalo -la barra que tenía en su propio estudio- y un consejo: “¡Agos tiene condiciones! No la dejes así... ¡Buscá una profe!”, le pidió a Samanta. “Sí, ¿pero adónde la voy a encontrar?”, se preguntaba la madre. 

Agostina recurrió a la computadora que le regalaron los Reyes Magos para seguir practicando. Se tomaba de la barra en el living de la casa, amparándose en las lecciones recibidas, ponía videos de ballet en YouTube y ensayaba. “Yo era chiquita, y seguramente hacía un papelón en vez de aprender, tratando de copiar lo que veía ahí... Seguía diferentes escuelas, pero me gustaba mucho la de los Estados Unidos. Y bueno... sirvió”. “O le tuvo que servir, no quedaba otra...”, acota Samanta, quien en 2014 encontró la posibilidad de probar suerte en Tucumán.

A las 2 de la mañana tomaron el micro, a las 6 arribaron a la capital provincial; en un “día larguísimo” visitaron distintas escuelas de danza; a las 20 subieron al ómnibus de regreso, a la medianoche estaban de regreso en Amaicha con la frustración a cuestas. “No nos fue nada bien: en Tucumán fueron todos palos en la rueda -lamenta el papá-. Nos miraban por sobre el hombro: ‘Esto no es para ustedes’, nos decían”, recuerda.

Otra profesora egresada del Colón daba clases en Cafayate y cada sábado madre e hija cubrían los 60 kilómetros hasta la ciudad. Cuando la maestra se mudó a Salta Capital, hubo que agregar 200 kilómetros más al recorrido. El papá es empleado público, la mamá ama de casa, tres hermanos... el sacrificio de los Arreguez era enorme.

Tiene 15 años, es indígena, aprendió ballet por YouTube y Julio Bocca la becó en su fundación

“Hoy tenemos el apoyo de la familia y de mucha gente, pero en ese momento era una cosa de locos lo que hacíamos -asegura Lucho. En la casa de mi mamá me lo reclamaban: ‘¡Estás loco, fijate lo que estás gastando!’. Y había que masticarlo, sobrellevarlo. Acá, las que ponían todo para ir adelante eran ellas: Samanta y Agostina. No se cansaban de viajar, se aguantaban las esperas...”.

Muchas veces madre e hija tuvieron que dormir en las terminales de micros, tras haberse perdido el último colectivo; no había dinero para el hospedaje, apenas alcanzaba para la comida. La falta de recursos hacía peligrar los sueños. Otro tanto provocaban los agravios de algunas profesoras: dolida, Agos se negaba a bailar.

“Me pasaron cosas muy feas: empezaron a tratarme mal”, recuerda, y esa mirada destellante se apacigua, nublándose. “Me enojé con la danza. No quería saber nada. ¡Me sentía horrible!, literal. No quería que nadie me viera. ¡Ay, perdón!, parezco una tonta...”, recuerda entre lágrimas Agostina.

“Esto todavía la sigue afectando -aporta Samanta, tragándose la bronca y las lágrimas-. Y a mí... a mí me sigue afectando como madre”.

Durante todo el 2018 Agostina prefirió bailar por YouTube, negándose a tomar lecciones de manera presencial. Hasta que su mamá -inclaudicable- contactó por redes sociales a Fredesvinda Denis, directora del Centro Cultural Aconquija, en Tucumán. Fue entonces cuando todo cambió y Agostina comenzó a tomar clases en el estudio de danza que Yanina Llenes -hija de Fredesvinda- tiene en ese establecimiento. 

“Con la ternura que habla, así baila... -destaca su profesora-. Agos es muchas cosas, tiene un montón de condiciones, pero si tuviera que definirla en un solo aspecto diría que es una bailarina muy inteligente, muy estudiosa. ¡Aprende enseguida! Y le pone mucho amor a la danza”.

Yanina armó aquella coreografía inspirada en Fantasía, su alumna se lució junto a una compañera, el video llegó a manos de Julio Bocca. Y quedó becada de manera permanente, cuando suele ser por un año. Al llegar a los 16 (los cumplirá en agosto de 2021) podrá viajar a Buenos Aires para sumarse a la fundación. Mientras tanto, en plena pandemia debió recurrir al Zoom: este año las clases de Llenes fueron virtuales. “Voy por todo el living, de una pared al sillón”, cuenta Agos, quien también cursa el colegio secundario de esa manera, con los profesores enviando las tareas por WhatsApp.

“Sé que se irá. Es su sueño”, dice Lucho, y hace a un lado la resignación: entiende que la felicidad de su hija es la propia. “Sí, ya sabíamos que esto iba a pasar -reconoce Samanta- porque desde muy chica descubrió lo que quería. Y a pesar de todo lo que le pasó, sigue con la misma meta. Ahora está más grande, y está más fuerte”.

“Yo me quiero ir -admite Agostina-. La danza es mi vida. Quiero viajar y aprender. Y traer a Amaicha todo eso que aprenda, para enseñar y darles esa posibilidad, que muchas veces yo no tuve, a otros chicos de aquí”.

“El hecho de pertenecer a una comunidad indígena ha tenido su proceso -explica su papá-. En mi niñez y adolescencia pasaban cosas complicadas: mucho interés por nuestras tierras desde los gobiernos, negociados con empresarios. En esa época, llamarte indio era un ofensa. Pero Agostina no, ella no... Mientras yo tenía vergüenza de que me dijeran indio, ella se siente orgullosa”.