No fui amigo de José Luis Esperón, pero la tarea periodística me llevó a establecer un vínculo de aprecio y respeto muto que para mí se traducía del siguiente modo: siempre que lo entrevistaba, al finalizar la conversación uno sentía que había aprendido algo. Y mejor aún: además de las respuestas encontradas, quedaban siempre nuevas preguntas planteadas, a partir de las inquietudes del mismo interlocutor.

Y varias veces tuve la sensación de que si hubiera más gente con esa capacidad para plantear ideas y ganas de laburar en las funciones de gobierno (pensando en la gestión antes que en la “rosca”), las cosas irían mejor.

Capaz de analizar el mercado internacional petrolero desde Arabia hasta Rusia y Estados Unidos, apasionado por las implicancias del asesinato de un general iraquí o los movimientos religiosos en determinado país árabe y las consecuencias que ello podía implicar para el mercado internacional en general o la cuenca San Jorge en particular, el entrevistado Esperón te salía de repente hablando de los problemas más básicos de Comodoro Rivadavia, o de la crisis económica de la provincia y la necesidad de revertir el déficit hídrico de la región. O  incluso la descarga de efluentes cloacales sobre las costas, como charlamos la última vez, hace ya unos meses largos del verano.

Pero lo más importante no era el trato con un periodista más del montón, al fin y al cabo, sino el modo en que ejercía su función como gerente de Petrominera: más de una vez la entrevista debía esperar un par de días, porque él estaba trabajando en Paso del Sapo para resolver una situación de la estación de servicio de esa localidad, o en otro pueblo del interior profundo adonde había que llegar con garrafas de gas porque allá el invierno no espera a la burocracia.

 Cuentan quienes lo conocían mejor, o formaban parte de su equipo, que hasta no tenía problemas en manejar uno de esos camiones si la situación lo ameritaba, para pelear contra la nieve. Y tenía mil proyectos, como la creación de una planta de GNC (Gas Natural Comprimido), para aprovechar un recurso de la región y abaratar el costo de los combustibles de sus habitantes.

Incluso escuché este reconocimiento y profundo respeto en personas de otro signo político partidario, diferente al de su reconocida pertenencia peronista, que en este momento de tristeza valoraron esas cualidades para la función. Pero sobre todo, el reconocimiento a una buena persona.

Admiraba esa capacidad de trabajo y ganas de hacer en la función pública que reflejaba José Luis Esperón. Esperaba poder decírselo cuando me enteré de que lo había alcanzado esta terrible enfermedad, confiando en que podría sacarla adelante para estar, dentro de poco, otra vez en su despacho o en alguna de las rutas chubutenses.  

No pudo ser. Se fue un funcionario de esos que de verdad funcionan, de los que se necesitan más en momentos tan duros. A su familia y equipo de trabajo, mi más sincero acompañamiento.