“La gente se acerca a la Policía para denunciar, pero detrás de esa persona hay una historia, entonces a veces la persona solo necesita que vos la escuches, como me pasó recién; no había delito, pero esa persona necesitaba ser escuchada, y bueno, no está dentro de nuestra función específica pero inevitablemente lo hacés, porque sino no podés hacer bien este trabajo. Tenés que involucrarte, de eso se trata”.

Quien habla es Roxana Correa, la subcomisario de la Policía Federal que hace tres años dirige la División que esa fuerza tiene en Comodoro Rivadavia; una juridicción donde la droga, la trata de personas y los delitos federales están a la orden del día.

Correa tiene 48 años, 26 de servicios y comenzó bien de abajo, como todos los agentes que son parte de la Federal. Tenía 23 años cuando una compañera le pidió que la acompañe para anotarse en la Falcón, la escuela de oficiales de la Federal que por ese entonces llevaba el nombre del Ramón Lorenzo Falcón, el coronel el 17 de noviembre de 1906 creó el cuerpo de Cadetes de la fuerza.

Era el año 96 y Roxana cursaba el segundo año de Abogacía en la Universidad de Lomas de Zamora, casa de estudios que estaba cerca su pago chico, Quilmes. Sin embargo, esa invitación cambió todo, como recuerda, 26 años después.

“Yo tenía 23”, dice a ADNSUR en su despacho. “Estaba estudiando abogacía y trabajaba como administrativa en una empresa y una amiga me dice ‘me voy a anotar en la Falcón, ¿me acompañas’?, y yo fui. Cuando llegamos ella se anotó, pero le dieron el formulario a ella y otro a mi, lo complete, esas cosas de la vida que no sabés por qué hacés”, dice con sinceridad.

Quizás fue el destino, quizás fue la sangre. Roxana es hija de un suboficial retirado de la Federal. Asegura que hasta ese día nunca se le había pasado por la cabeza entrar a la fuerza, y admite que a diferencia de muchos de sus compañeros no hubo una vocación de servicio, aunque hoy no cambiaría el trabajo por nada.

Ese día que se anotó su papá solo le preguntó si estaba segura, pero ella ya tenía la respuesta. Así, luego de superar los exámenes ingresó a la Escuela de Cadetes. Paradójicamente su amiga se quedó en el camino, pero ella siguió y cambió los artículos de la justicia por la acción.

Era una época completamente distinta, donde las mujeres tenían que ganar terreno a fuerza de sacrificio. Es que en el interior de la fuerza, el escalafón de mujeres era prácticamente de apoyo, y estaban abocadas a tareas administrativas, mientras que en la escuela no se compartían pabellones, orden de mérito ni instrucción militar. 
Por suerte, ese año que ingresó Roxana a la fuerza, eso cambió y por primera vez un curso mixto compartió el orden de mérito y también la instrucción, algo que agradece a quienes la sucedieron.

“Nosotros agarramos ese proceso ya empezado, disfrutamos de lo que otras chicas tuvieron que pelear, porque hubo chicas que tuvieron que trabajar mucho para lograr todo lo que tenemos ahora. De hecho, esto de que yo esté sentada acá y que pueda ser oficial jefe tiene un montón de trabajo atrás que nosotras no vimos, porque antes las mujeres no llegaban a oficial jefe, sino a principal y nada más”.

Cuando egresó de la Escuela, el primer destino que tuvo Roxana fue el Hospital Médico Policial Churruca Visca, donde estuvo abocada al sector de Comprás y Suministros. Luego llegaría, San Rafael, Mendoza; General Pico, La Pampa, la Delegación Avellaneda, en Buenos Aires, la División Armas y Agencias, en la misma ciudad y luego Comodoro Rivadavia, a donde llegó hace 8 acompañando a su marido, quien por entonces trabajaba en YPF.

Por ese entonces, era oficial subalterno, recién ascendida a principal, y estaba abocada a la oficina administrativa, sin imaginar que tiempo después iba a ser la máxima autoridad de la División, algo atípico en esa época, no solo por ser la primera jefa mujer de Comodoro Rivadavia sino también por el cargo que tenía como subcomisario.

Próxima a su ascenso a comisario, Roxana asegura que no podría trabajar en otra cosa. Cuando habla se nota la pasión por lo que hace. Asegura que cada allanamiento es una inyección de adrenalina y se enorgullece de haber encabezado el operativo que en 2013 terminó con una cocina de droga que funcionaba en barrio Castelli.

Sin embargo, advierte que el oficio no es ajeno al peligro y al dolor. Es que cada 2 de julio no puede impedir que una lágrima ruede por su mejilla cuando suena la diana de silencio en conmemoración de los caídos en el deber, recordando a cada uno de sus amigos, y especialmente a aquel agente que fue un ultimado de un certero disparo en la cabeza mientras custodiaba un banco de Buenos Aires y ladrones sin medir palabra y con el único objetivo de eliminarlo le dispararon a sangre fría. 

“Esto fue lo más feo me tocó en mi carrera, en el hospital Churruca”, dice Roxana. Durante un tiempo trabajé en la guardia policial y recibir a tus compañeros herido de bala es una idea que no se me va más de la mente porque es lo más doloroso que puede llegar, y cuando fallece es muy duro. Es muy duro recibir a la familia de una persona con la que vos habías compartido, por eso el 2 de julio, cuando conmemoramos a los caídos en el cumplimiento del deber y se toca esa diana de silencio a mi se me cae una lagrima, porque tengo varios amigos caídos en el cumplimiento del deber, y es una familia que queda atrás”.

Más allá del dolor Roxana también tiene bien claro que es lo más lindo de su oficio, y quizás de alguna forma explica por qué la eligieron para ser jefe, la líder de una división de delitos complejos. 

“Lo más lindo de esto es que vos podés contener. Porque más allá de toda la investigación que puedas hacer con un delito, podés darle una solución a una persona que tiene un problema. A viene una madre que te dice a mi hijo le están vendiendo droga y vos la podés ayudar haciendo una buena investigación para que esa persona que le vende al hijo de esa madre esté donde tiene que estar; o a veces viene un hombre y dice mi nuera se llevó a mi nieta a vivir a otra provincia. No es un delito federal, pero vos podés darle herramientas para ir a algún lado o hacer tal cosa, tomarte un ratito para solucionarle un problema. Para mi es el trabajo más gratificante que existe, porque te da posibilidades tan amplias, desde ayudar a una señora que quiere subir una escalerita en el banco Nación, contener a una persona que está con algún problema y reírte porque la vida misma es así, disfrutarla”, sentencia esta mujer que quiere especializarse en género y trabajar en trata de personas, para así ayudar a mujeres que perdieron su libertad, pero a la vez cumplir con una deuda pendiente que tiene el país.

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