COMODORO RIVADAVIA (ADNSUR) - Lo último que recuerda Luis de un hecho que lo traumó en Islas Malvinas es el momento en que empujaba un jeep para tratar de sacarlo del barro. Nunca imaginó que en el interior del vehículo estaba el cuerpo destrozado de un soldado. Su mente bloqueó todo lo que vino después, y recién al otro día recuperó su conciencia plena. Todo lo que sucedió desde el momento en que estaba atrás del jeep, y por las próximas 24 horas, se lo contaron sus camaradas.

Luis Mansilla (57) es uno de los tantos comodorenses que vivió en primera persona y en las islas, la dolorosa Guerra de Malvinas. Con solo 18 años integró el Batallón Logístico 9 de Comodoro Rivadavia y vio de cerca lo que es la muerte, el miedo y el dolor. Luis fue chofer y asistió a sus compañeros yendo de un lado para otro arriba de un unimog; con todo lo que ello implica en tiempos en que los silbidos que caen del cielo destrozan todo a su paso.

Luis fue parte del Batallón Logístico 9 de Comodoro Rivadavia.
Luis fue parte del Batallón Logístico 9 de Comodoro Rivadavia.

Su historia comienza en el barrio Pietrobelli, donde se crió junto a Fabián Enriquez, otro Veterano de Guerra que ya dejó este mundo. Es el hijo del medio de 13 hermanos -el séptimo-, y asegura que siempre quiso hacer el servicio militar, como su hermano mayor a quien había visto en decenas de desfiles en el centro de la ciudad.

Yo quería hacer el servicio militar”, cuenta en una entrevista con ADNSUR. “De hecho mi mamá quería hablar con alguien para que no me toque y yo le dije: 'No, yo lo quiero hacer’. Tenía algo que me atraía, que me gustaba, y justo pasó esto”.

Tal como quiso, el 1 de febrero de 1982, Luis inició su servicio, que por ese entonces era obligatorio. Recuerda que los “pelaron al cero”, le dieron la ropa y a los pocos días los llevaron de campaña al campo, algo inusual en el inicio de la “colimba”.

"El Ejército ya sabía lo que iba a acontecer. Por eso nos estaban preparando, inclusive los soldados clase 62, que eran anteriores a nosotros, nos contaban que era muy inusual las instrucciones que recibimos nosotros”, dice con cierto desazón.

En su archivo de fotos, Luis tiene una postal de su paso por Islas Malvinas.
En su archivo de fotos, Luis tiene una postal de su paso por Islas Malvinas.

DE LAS ISLAS AL CONTINENTE

La mañana del 2 de abril, cuando se produjo la “Operación Rosario”, con la que Argentina recuperó momentáneamente las Islas Malvinas, a Luis le tocó estar de guardia. La noche anterior había entrado en servicio a las 20:00 horas, y notaba que algo raro sucedía. Había más movimiento que lo habitual y mucho más personal.

A través de las radios que estaban en la guardia, Luis escuchó con sus compañeros cómo fue la recuperación de las islas. Recuerda que tras el anuncio fue todo algarabía, e incluso un oficial decidió celebrar con Whisky bajo el grito de “Viva Argentina”, algo impensado entre subalternos en otro contexto.

Luis asegura que la recuperación de las islas fue “una noticia alegre”. Durante la mañana, mientras él terminaba su servicio, ya comenzaban a llegar aviones a Comodoro Rivadavia con tropas del norte del país. La guerra había comenzado aunque muchos aún no lo sabían.

“Había mucha algarabía y después eso se volcó todo a la gente. Mucha gente estaba contenta, pero nadie sabía que iba a desencadenarse en una guerra”, dice a la distancia.

Ese mismo día, Luis junto a sus compañeros fueron trasladados a Puerto Deseado para viajar a Malvinas. Cuando llegaron estaba repleto de barcos, camiones y tropas. Durante tres días esperaron ser trasladados. Sin embargo, ante la imposibilidad de hacerlo regresaron a Comodoro y viajaron a las islas por aire. Finalmente, el 7 de abril Luis llegó a Islas Malvinas.

Moddy Brook fue su primer destino. Al otro día comenzó a prestar servicios en el Centro de Operaciones Logísticas, llevando comida, armamento y municiones a distintas parte de las islas: desde Ganso Verde a Monte Longdon o Monte Dos Hermanas.  

EL DOLOR DE LA GUERRA

Eran días en que el frío se hacía sentir en Malvinas, pero aún no el asedio del enemigo, algo que cambió en la madrugada del 1 de mayo, cuando llegaron las tropas inglesas y se produjo el Bautismo de Fuego de la Fuerza Aérea.

Luis recuerda diferentes momentos de la guerra, desde ese primer día de combate como apuntador número 1, hasta los viajes por la islas. Pero el momento que más recuerda es cuando sufrió el estado de shock al ver el cuerpo desmembrado. “Fuimos para sacar un jeep que se había encajado. Yo fui para asistir al cabo primero que había manejado todo el día. Cuando llegamos al lugar se veía humazon arriba de una de las casas. Un soldado se había acostado en una cama donde había una mina. Sus compañeros recuperaron lo que pudieron del cuerpo y lo colocaron en un fuentón de aluminio, pero yo no sabía que estaba ahí y cuando lo vi quedé en shock, como que quedó la mente en blanco”.

Por supuesto, Luis también recuerda las noches en el pozo de zorro, el frío y la caída de las bombas, algo que vuelve a la mente cada vez que escucha fuegos de artificios. También recuerda el momento más triste: la rendición, el 14 de junio, cuando cayeron prisioneros de los ingleses. “Caímos en la tarde, estábamos destruyendo toda la parte de comunicación que teníamos y nos agarró una sección de paracaidistas poco antes de que anocheciera. Nos metieron en una granja y estuvimos toda la noche. Al otro día cuando nos sacaron para llevarnos al aeropuerto vimos que había humareda por todos lados, ingleses por todos lados, y nos llevaron al aeropuerto”.

Luis en la actualidad vive en el barrio San Cayetano.
Luis en la actualidad vive en el barrio San Cayetano.

A 39 años de la guerra, este veterano de Comodoro asegura que durante la guerra muchas veces sintió haber estado en una película y que él era actor, pero asegura que el regreso tampoco fue el mejor. “Nunca se me pasó por la cabeza vivir algo así. Sentías de todo: miedo, terror y esperabas lo peor, que en cualquier momento te puede llegar la hora. Fue feo, pero te vas acostumbrando y no sabes si fue peor la guerra o la postguerra, porque para nosotros fue difícil volver. Uno traía toda esa carga emocional, la angustia y saber que también nuestros familiares habían sufrido, porque muchas madres lo pasaron muy mal. Fue difícil volver, porque cuando volvimos de Malvinas también fuimos silenciados; nosotros ‘fuimos los que perdimos la guerra’. Nos trajeron de noche a los regimientos, entramos por la puerta de atrás”.

En su relato Luis recuerda dos imágenes de la ingratitud de la guerra. La primera cuando se iban y eran vitoreados por la gente, como en las películas de la Segunda Guerra Mundial. La segunda, el regreso a casa de noche, las acusaciones de que perdieron la guerra, y el dolor del silencio atroz.

“Cargamos con esa culpa”, dice con dolor. “Nos decían ‘por ustedes pendejos perdimos la guerra’. Pero qué sabíamos nosotros de una guerra, y cuántos de esos que decían cosas fueron allá. Nosotros vimos militares llorando. Nadie estaba preparado para la guerra, cada uno dio el esfuerzo mayor que pudo hacer” .

En la actualidad, Luis está jubilado del petróleo y es abuelo de un pequeño de cuatro años que le dio una de sus dos hijas. Mientras habla, el nene mira dibujitos. Va y vuelve y le pregunta cosas a su abuelo. Luis lo atiende como un padre, pero cada vez que habla se vuelve a sumergir en su relato, aquellos años de bomba, tiros, hambre, frío; esos días injustos que una generación tiene que cargar y otro quieren usurpar.