Groucho Marx

COMODORO RIVADAVIA (Por Mirta Cámara / Especial para ADNSUR) - Tema de la semana, del mes, del año, del año pasado y cuco de las elecciones: la inflación. Los precios cuidados y descuidados, las canastas básicas, alimentarias, totales; las mediciones, índices, relevamientos, estimaciones, negaciones de la pobreza. Porque de eso se trata todo.

Pocos temas generan tantos clichés como la pobreza, pocos disparan tantos prejuicios y casi ninguno nos produce tanto miedo. Pero la mayoría no somos pobres, somos clase media, ¿verdad?

Pues no, ya no. A pesar de que el 80% de los argentinos se percibe a sí mismo como de clase media, esto no se condice con la realidad de los números que nos dividen y etiquetan en clases sociales.

Parece que hay mucha gente que no se da cuenta de que es pobre, y también un pequeño porcentaje de ricos que reniegan de su condición y prefieren incluirse dentro de la mayoría.

CLASE MEDIA, INDENTIDAD COLECTIVA

Resulta que la clase media es más una especie de identidad colectiva que una clase social: en realidad no importa cuánto ganamos mientras no seamos demasiado pobres ni demasiado ricos, porque lo que nos define son ciertos hábitos y valores, el trabajo y la confianza en la educación como vehículo para la superación. ¿Suena antiguo? Quizás, porque estos rasgos se conformaron hace muchos años. Quizás creemos ser el recuerdo de lo que fuimos, o de lo que fueron nuestros padres.

Entonces, ¿a qué nos aferramos cuando nos resistimos a dejar de pertenecer a la clase media?

HÁBITOS DE CONSUMO

VALORES Y TRABAJO

Decencia, honestidad, esfuerzo, capacidad de sacrificio: perdieron vigencia? Yo diría que no. Ojalá que no. De cualquier modo, tendemos a arrogarnos una autoridad moral que parece surgir del prejuicio, como si no existieran ricos o pobres honestos y trabajadores.

Mientras la suerte nos acompañe, confiamos en la red de seguridad de nuestras habilidades y contactos para acceder a profesiones o empleos, más o menos calificados, que nos permitan ascender en la escala laboral y social. O al menos, no descender.

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN

Tema crucial, pero pareciera que hemos estado bastante distraídos los últimos 25 o 30 años, porque la educación ha sido destruída en nuestras propias narices y sin ningún escándalo. Casi que les hemos dado la razón a los que nos acusan de no reaccionar a menos que nos toquen el bolsillo.

Sin embargo la valoración de una buena educación sigue estando arraigada y explica por ejemplo el fenómeno de muchas familias que se ajustan en el presupuesto para poder enviar a sus hijos a escuelas privadas y así asegurarse de que obtengan aunque sea el mismo nivel de educación que tuvieron ellos hace años en las escuelas públicas.

AHORRO Y CAPACIDAD DE PLANIFICAR

Perdidos irremediablemente: sucesivos corralitos, hiperinflaciones, cepos y varios años de frenesí consumista alentado por el gobierno nos han acortado la mirada al futuro, y vivimos casi exclusivamente en el presente. Del auto para abajo, hemos comprado todo lo que nos han querido vender. El sueño de la casa propia, sin embargo, sigue vigente, sobre todo en esta ciudad con alquileres siempre altos.

COMODIDAD Y PREJUICIOS

Esa combinación que nos hace casi indiferentes a las necesidades de los más pobres, a los que a veces ignoramos, responsabilizamos de su situación (“son pobres porque quieren”.. “¿por qué tienen tantos hijos?”) o estigmatizamos (“son todos vagos o delincuentes”), en el convencimiento de que nuestra condición de contribuyentes (“yo pago mis impuestos!”) nos habilita para ser jueces de gente que vive en otro mundo. Y sí, la verdad es que vivimos en mundos distintos, y el error que cometemos es querer interpretar el suyo de acuerdo a nuestro propio marco de referencia.

Olvidamos que para tomar buenas decisiones hace falta buena información, hace falta estar educados. Nos olvidamos de que siempre, el que más tiene y el que mejor sabe, tiene más responsabilidad. Nos olvidamos de que en realidad no tenemos idea de lo que es vivir en un ranchito o pasar frío y hambre. No se trata de tener que recortar gastos o hacer malabares para llegar a fin de mes, sino de necesidades y miseria.

Y esa es la pobreza verdadera, la que se perpetúa a sí misma, la invisible, la de los que no tienen oportunidades, la de los olvidados y los enfermos, la de las humillaciones, los planes, las limosnas...

Y para dar un ejemplo concreto y cercano, vamos a ponerle una cara y un nombre a esa pobreza: me gustaría saber qué fue de Pedro Bayón, el anciano indigente que vivía con dos amigos en un galpón derruido en Km.3 y que saltó a las noticias el invierno pasado cuando se les cayó el techo encima. Los invito a ver el documental Historias Marginales de Comodoro, a reflexionar sobre lo necesario y lo superfluo, y a repensar cuáles son nuestros valores, cómo los defendemos y cómo los ponemos en práctica.