El último aumento de los combustibles, aprobado el 15 de mayo, llevó los precios a valores que en comparación a mayo del año pasado implican un 53 por ciento de suba anual para la nafta Súper; de un 62 por ciento para el gasoil grado dos; de un 61,6 por ciento para la nafta de mayor octanaje y de un 68 por ciento para el diesel grado 3. Es decir, muy por encima del 46,3 por ciento que midió recientemente el INDEC, al comparar los precios promedio entre abril de este año y el cuarto mes del 2020.

El costo de llenar el tanque



Si se compara contra diciembre de 2019, al momento de iniciarse el actual gobierno, la suba de precios mantiene el mismo porcentaje, porque en realidad los valores estuvieron congelados durante gran parte del año pasado, a raíz de la pandemia, por lo que podría estimarse que los porcentajes de aumento son los que lleva acumulados el gobierno de Alberto Fernández desde su inicio. Al compararse contra el cierre de 2019, entonces, los combustibles quedan más cerca de alinearse con el IPC acumulado en todo 2020 (36 por ciento) más el acumulado hasta abril de este año, totalizando entre ambos índices casi un 54 por ciento de inflación promedio.


Es necesario recordar también que hasta ese momento, último mes del gobierno de Mauricio Macri, los combustibles acumulaban más de un 200 por ciento de incremento en el período que va desde fines de septiembre de 2017: fue ése el punto en que se posibilitó el alineamiento con los precios internacionales del petróleo, superando también en ese lapso la inflación acumulada, aun cuando en 2018 y 2019 rondó el 50 por ciento.


No se trata en este informe de definir cuál gobierno o signo político posibilitó más aumentos, ya que sería una carrera incompleta: podría apuntarse que la cuenta “favorece” ampliamente a Mauricio hasta ahora, ya que acumula más de un 300 por ciento entre 2015 y 2019; sin embargo, hay que esperar los resultados de la inflación y la evolución del dólar de los dos años y medio que le quedan por delante a Alberto.


Mientras esa maratón de precios concluye, se impone un diagnóstico escuchado en distintos ámbitos durante los últimos días: “además del problema de los precios que suben, lo más grave es el poder adquisitivo de los ingresos, que baja, de la gente”.


El otro elemento que ha se ha evidenciado en esta discusión y que parece contradictorio, es que mientras el gobierno ha justificado los aumentos de los combustibles, bajo el argumento de que así se recupera la capacidad de financiamiento de YPF, al mismo tiempo ha frenado la discusión sobre las tarifas eléctricas y de gas. Para esto ha asignado este año 10.000 millones de dólares en subsidios (algo así como 1 billón de pesos, o un millón de millones), que se concentran mayormente en los grandes centros de consumo del país, vinculados al Area Metropolitana de Buenos Aires. Es decir, no se trata de que la gente no pagará tarifas más caras, sino que las paga indirectamente, a través del Estado, pero además con una serie de contrasentidos, como el hecho de que el sistema implica una transferencia de recursos desde los sectores más vulnerables hacia los más favorecidos, o desde el interior hacia el centro del país. Pero esa es otra discusión.

El asado cada vez más lejos

Los precios de las carnes, de acuerdo con el INDEC, tuvieron aumentos igualmente fuertes en el último año. Según los valores medidos en Buenos Aires por el organismo nacional, la carne picada acumuló en el último año un 64 por ciento de aumento; el cuadril, un 75 por ciento; la paleta, un 73 por ciento; y el asado, un 96 por ciento. En Comodoro Rivadavia, incluso, podrían encontrarse aumentos muy superiores en el último año.

En medio de la polémica por la alta inflación, un paralelo entre los aumentos de la carne y las naftas


Frente a esta situación, la Secretaría de Comercio suspendió las exportaciones de carne durante un lapso de 30 días, ya que según el diagnóstico del problema, la venta en mercados externos genera menor abastecimiento hacia el mercado interno, provocando una suba de precios.
Para Osvaldo Luján, presidente de la Sociedad Rural de Comodoro Rivadavia, “la medida es netamente ideológica, porque la prohibición de exportaciones no va a implicar una baja de precios en el mercado interno. Esto se hizo en el año 2006 y provocó el efecto contrario, porque la carne pasó de 2,70 dólares ese año a 8 dólares (por kilo) en 2012”, graficó.


La alusión del ruralista local es a una medida que se aplicó con la misma finalidad, pero que a la larga provocó el efecto inverso, por una merma en la producción y el cierre de frigoríficos: “cerrar las exportaciones implica perder divisas por 250 millones de dólares (mensuales), que para que la gente lo entienda más claro equivale a 30 millones de vacunas”, reseñó.


Otro elemento que se puso en discusión en los últimos días es el componente impositivo de las carnes, ya que los gravámenes representan un 28 por ciento del precio final, casi la misma proporción del costo que implica la cría, durante 2 años, de un animal previo a la etapa de engorde y faena. Así lo reflejaron estudios de la Fundación Argentina para el Desarrollo Agropecuario, desde donde la economista Nicolle Pisani, añadió ante la consulta para este informe: “El problema es la inflación, no el precio de la carne. Puede haber un estancamiento temporal del precio, pero a mediano y largo van a terminar subiendo –explicó-. Hay un problema de precios en toda la economía, a raíz de la emisión monetaria del país. Pero al seguir aumentando los costos, va a terminar llevando a una caída de la producción y eso deriva en mayores precios”.

¿Y si los chinos comen más milanesas?


La economista fue consultada también en torno a si no hay riesgo en que la demanda de la República Popular de China, que ha crecido en los últimos años, podría reducir la carne para el consumo en el mercado argentino, incrementando sus valores a partir de esa menor oferta. “Hoy se exporta sólo un 30 por ciento de lo que se produce en el país, hay carne suficiente para el mercado interno y para el externo –respondió-, no hay una dicotomía entre vender afuera o vender adentro. A China hoy destinamos alrededor del 50 ó 60 por ciento de las exportaciones de carne, dependiendo del año, pero nuestro país tiene el margen para exportar más, porque también el consumo interno ha bajado: si nos demandara más, podríamos cumplir sin problemas. Además, nuestro país tiene ingreso de divisas en el complejo bovino, que es el tercer complejo agro industrial en generación de divisas y el año pasado se generaron algo más de 3.000 millones de dólares de divisas”.


La economista insistió además en que los cortes que se exportan no son los mismos que se consumen en el mercado interno, por lo que negó que haya un riesgo de perder abastecimiento interno.


“Perder mercados internacionales por una decisión así es difícil de recuperar de un modo rápido –agregó por su parte Osvaldo Luján-, pero además a la larga eso deriva en menor producción y un aumento de los costos a afrontar, lo que se termina trasladando a los precios. Claramente, por este camino se va a provocar el efecto contrario al que se busca, porque el gobierno ha adoptado una medida ideológica, o de marketing, para no afrontar los problemas reales que tiene”.


Mientras tanto, los precios en la ciudad siguen mostrando valores dispares, que en algunos casos alcanzan números prohibitivos, en el orden de los 1.000 pesos o más por kilogramo, mientras que en otros, con ofertas en carnicerías de barrio a valores que logran acercarse a los promedios que se reflejan en Buenos Aires (por ejemplo, algo menos de 700 pesos el kilo de asado) demuestran que también hay componentes de especulación en la extensa cadena de comercialización.


Si algunos pequeños comercios logran mejorar sus precios, el interrogante a resolver va hacia las grandes cadenas de supermercados, que en muchos casos muestran valores muy por encima de cualquier suba de costos y racionalidad económica.