"Cuando vos le das orientación científica, necesitás tener otro tipo de profesionales que colaboren o que te puedan cubrir en cualquier momento”, dice Antonio Rodríguez al explicar qué significa para él ser farmacéutico. Es que luego de más de media hora de entrevista, recorriendo su historia profesional, la pregunta es inevitable y luego de recordar aquella vez que una madre le agradeció por haber ayudado a su hijo, dice sin dudar que ser farmacéutico es un servicio.

Cuando lo dice, a Antonio se le hace un nudo en la garganta, y la pausa que solo causa la emoción profunda, dice el resto. 

A sus 72 años, este hombre que dedicó su vida a remedios y la elaboración de preparados magistrales, está jubilado. En 2013, luego de tres stent y más de tres décadas al frente de Farmacia Rodríguez, dijo adiós al comercio, pero no a la profesión que eligió para su vida. Así, por estos días continúa elaborando cremas y Flores de Bach que él mismo utiliza.

“Es para consumo propio, pero también porque es algo que me gusta hacer. No tengo mi laboratorio como en la farmacia, pero algunas cosas se pueden hacer”, dice  a ADNSUR con una sonrisa en el rostro. 

Antonio es conocido en Comodoro Rivadavia por su actividad. Sin embargo, no todos conocen su historia. 

Hijo de inmigrantes españoles, nació en Córdoba donde vivió hasta los 7 años, previo a venir a la Patagonia en 1957. Pico Truncado, Santa Cruz, fue el pueblo que albergó a su familia cuando todavía era niño.

En sus ojos aún recuerda esos crudos inviernos de nieve y viento, y la hostilidad de un poblado petrolero.

Dos años después, cuando YPF trasladó a su papá, los Rodríguez se instalaron en barrio Laprida. 

En la Escuela 91 de Valle C, Antonio hizo la primaria y luego eligió el Perito para cursar su secundaria.

Como buen hijo de inmigrante sabía que el trabajo y el estudio eran todo. Por eso, en cuanto egresó, supo que su camino iba a continuar entre el trabajo y los libros.

En esa época, la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco todavía era la Universidad San Juan Bosco, privada y de la iglesia católica.

A la distancia cuenta que cuando empezó la universidad eligió Bioquímica. Sin embargo, con el tiempo y ya trabajando en YPF, a donde entró por concurso en 1970, supo que iba a ser muy difícil estudiar y trabajar. Así, eligió cambiarse a farmacia y seguir vinculado a las ciencias.

Todavía estaba estudiando cuando Antonio comenzó a formar su propia familia. Cuenta que más de una vez quiso largar los libros, pero cuando desistió ahí estuvo su esposa para incentivarlo a que vuelva a ese tesoro tan preciado que significa estudiar. 

En los primeros años del 80, luego de mucho esfuerzo, Antonio finalmente pudo recibirse de farmacéutico. Orgulloso cuenta que fue de las primeras camadas que tuvo la carrera en la UNPSJB. Sin embargo, con el título en mano apareció un dilema: ¿cómo continuar?.

“Ese fue el tema porque una cosa es cuando vos estás estudiando, con fantasías y toda la cosa, y otra cuando te recibís, porque decís: ‘acá tengo el título, ahora que hago’”.

Cuenta Antonio que lo primero que hizo en su vida como farmacéutico fue trabajar en una droguería, la más importante que por ese entonces tuvo Comodoro. 
Droguería Estomba funcionaba en Italia, casi Ameghino. Era una sucursal de la casa principal de Bahía Blanca y cubría gran parte de la Patagonia, desde Esquel hasta la isla de Tierra del Fuego.

Durante varios años trabajó medio tiempo en la droguería hasta que finalmente se decidió y dejó la petrolera estatal. 

Pero Antonio tenía otras aspiraciones. Con poco más de 30 años quería hacer algo diferente, y en 1987, luego de 7 años en Estomba, decidió abrir una farmacia en el terreno donde sus padres tenían una casa.

Su decisión estaba tomada, y de algo estaba seguro: no quería que su local sea un comercio donde se vendan peluches y accesorios, y decidió ir por otro lado.

“Yo quería sobrevivir, pero sabía que no podía competir con plata porque no la tenía, entonces dije compito con conocimiento, y una vez que empezó a funcionar la farmacia incorporé hierbas medicinales con clasificación, folletería y comencé a preparar tinturas de hierbas. Las vendía en frasquitos y servían para el hígado o sino vendíamos la tintura casi amarga para los piojos”.

Antonio recuerda que ese preparado era un éxito en la temporada de piojos. Vendía entre 10 y 15 litros de tintura de piojos por mes y se convirtió en una referencia para buscar una solución a las liendres.

Las ventas venían bien, Farmacia Rodríguez tenía su clientela, pero un día cambió todo, cuando Antonio recibió un libro escrito por la doctora María Luisa Pastorino, psiquiatra que incursionó en Argentina en las Flores de Bach.

“Me gustó la idea y me empecé a meter. Al principio no se conseguían las flores porque eran inglesas, importadas, había que traerlas de contrabando, pero tenía un amigo farmacéutico en Buenos Aires y me dijo que tenía un piloto amigo de Aerolíneas y él nos traía las flores, porque era un paquetito chico, pero después se abrió y pudimos empezar a traer más tranquilos”.  

Las esencias naturales utilizadas para tratar cuestiones emocionales, como miedos, soledad, desesperación, estrés, depresión y obsesiones, fueron un éxito en la farmacia. Antonio, en base a la cantidad de frascos que compraba, calcula que a lo largo de toda su trayectoria, vendió más de 200 mil preparados de Flores de Bach.

Su éxito lo motivó tanto que decidió ampliar la farmacia y construir su propio laboratorio para hacer sus propios preparados magistrales; es decir, medicamentos elaborados a partir de una receta médica.

Respecto a esa epoca, Antonio recuerda: “Algunos estaban en el mercado y otros no. Yo me reía porque la ‘Dermaglós’ que me costaba muchísimo, yo la hacía y me salía tres veces más barata, porque podés hacer de todo, menos los comprimidos, pero para no entrar en conflicto porque tiene mucho control de la ANMAT y mucho control político”.

Así, Antonio preparaba de todo, desde jarabe de morfina, hasta shampoo anticaspa y cremas. 

En pleno brote de gripe aviar también comenzó a elaborar alcohol en gel, cuando esa palabra prácticamente era desconocida para todos. Por supuesto, él recuerda ese año como si fuese hoy.

“Con la gente que estábamos en la farmacia nos cansamos de preparar alcohol en gel, porque vino de golpe y nadie tenía, pero como nosotros teníamos laboratorio comprábamos el gel en Buenos Aires, hacíamos el preparado, envasamos y vendíamos a todos lados, desde instituciones al cliente”.

Antonio llegó a tener tres farmacéuticos en su local, entre ellos, María Elena Llamas, la actual propietaria, a quien él mismo formó e incentivó a terminar sus estudios universitarios. Es que como dice, la farmacéutica es un servicio, una ciencia que se debe prestar con responsabilidad y compromiso, tal como intentó toda su vida.

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