Son las tres de la tarde y Román, el protagonista de esta historia, se pasea frente a los autos en la esquina de San Martín y Máximo Abásolo, allí donde tiene “su oficina”, tal como le dice a sus amigos cuando le preguntan dónde está.

Con un ramo de flores en mano,  con educación y respeto, ofrece su producto, Camina sin parar y cuando el semáforo da luz verde desaparece a la vereda. La escena se repite una y otra vez. Mientras tanto, su bicicleta espera al costado; quizás la suerte esté de su lado y aparezca algún cliente que quiera afilar un cuchillo o tal vez una tijera.

Román Luis Martínez (58) es el afilador de Comodoro Rivadavia, un hombre muy conocido en los distintos barrios de la ciudad por este oficio milenario que práctica y que a veces es tan cuestionado en tiempos de redes sociales. Es que como en muchas cosas de la vida, y más en Argentina, siempre hay algún vivo que quiere aprovecharse de la gente. Así, las historias de afiladores se multiplican entre verdades y mitos.

Román cuenta que hace 38 años es afilador, su oficio, pero hace un tiempo también incorporó venta ambulante. Por eso, muchas veces se lo puede ver arriba de su bicicleta y otras tantas en la esquina del Banco Nación, donde pasa largas horas vendiendo.

Al ser consultado por su historia, cuenta que es de Burzaco, Buenos Aires, y que en 2008 llegó por primera vez a Comodoro Rivadavia. 

La experiencia no fue buena en un inicio. Sin embargo, admite que todo salió mejor de lo que esperaba. “Vine de curiosidad porque una vez mi hijo más grande me dijo que venga y vine a ver a mis nietos y me robaron la bici. La dejé afuera de la pensión y se la llevaron, pero todo fue para bien, porque me moví y con el tiempo apareció, y eso hizo que la gente me conociera y después me empleara; me ayudó mucho la gente”, confiesa.

Román decidió quedarse en la ciudad, así alterna tiempo entre Buenos Aires y Comodoro, yendo y viniendo, sin dejar de trabajar. Admite que muchos días hace venta ambulante, pero cuando el teléfono suena cambia el rubro y se dedica a su oficio. 

“Cuando me llaman me dedico todo el día a afilar, porque son tiempos difíciles y yo vivo el día a día. Cuesta, pero siempre hay algo para afilar”, admite.

Como las distancias son largas y las subidas y bajadas una constante, Román a veces va en su misma bici a visitar a sus clientes. Otras veces, algún amigo lo lleva en camioneta hasta una determinada zona. Es que como dice, él está “boyando por todos lados''. “Voy a Diadema, a Palazzo, San Cayetano, entonces tengo un amigo que tiene camioneta y a veces me lleva, o sino vengo en bici”.

En tiempos en que los oficios artesanales desaparecen ante el avance de la industrialización, Román cuenta que en la ciudad hay trabajo, y lo sorprende. “Comodoro es muy particular, acá somos muy carnívoros. Yo pensé que nosotros los porteños éramos muy carnívoros, pero acá se come mucha carne. Cada uno tiene su asado el fin de semana y siempre hay alguien que quiere afilar. Pero también es verdad que hay muy poco trabajo, bajó, aparte por la condición económica que está el país. Yo por ejemplo, cobro de 500 para arriba porque es lo que menos puedo cobrar”.

En la esquina de San Martín y Máximo Abásolo, Román tiene “su oficina”, tal como le dice a sus amigos cuando le preguntan dónde está.
En la esquina de San Martín y Máximo Abásolo, Román tiene “su oficina”, tal como le dice a sus amigos cuando le preguntan dónde está.

En su caso, Román cuenta que el precio final es dependiendo del tamaño del cuchillo. Por eso, siempre que llega pide que primero le muestren el objeto para pasar su tarifa. Es que como cuenta, no solo convive con aquellos clientes que piensan que sus cuchillos son más chicos de lo que se ven, sino también con “la competencia desleal, esos que vienen y se roban las cosas o le cobran de más a la gente”.

En ese sentido, admite: “es como todo, pero yo no puedo andar con un cartel diciendo yo soy bueno, los otros son malos”.

Román cuenta que siempre habla con la gente sobre el tema y les advierte sobre algunas cosas que deben tener en cuenta. Es que a sus nuevos clientes, también le suma los antiguos, aquellos que siempre están y que suelen llamar asiduamente. 

En tiempos de redes sociales, el afilador aún le esquiva a la tecnología 2.0. Prefiere unas pequeñas tarjetas que hizo y reparte entre sus clientes, aunque es consciente que si tuviera redes y una parada fija quizás el trabajo aumentaría. 

Román además de afilar cuchillos y tijeras se dedica a la venta ambulante.
Román además de afilar cuchillos y tijeras se dedica a la venta ambulante.

Son las tres de la tarde, y Román espera terminar la entrevista para seguir vendiendo flores. Mientras tanto, su bicicleta aguarda la llegada de ese abogado que dijo que iba a llevar un cuchillo para afilar pero hasta ahora no apareció. Sin embargo, a pesar del faltazo, Román no reniega, y agradece lo mucho que hizo la ciudad por él. “Soy agradecido porque Comodoro me revivió, acá soy un profesional requerido. Quizás si me hubiera quedado en Buenos Aires ya hubiera dejado este oficio, pero acá la gente me emplea. Puedo estar dos o tres días sin que me llamen, pero me llaman y yo vivo de esto”, dice con orgullo el afilador que recorre los barrios de Comodoro, la ciudad que siente como propia. 

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