“Toda mi vida fue un universo de decisiones complejas”, dice Caroli Williams, en su casa de Sarmiento. El artista plástico, ilustrador y escenógrafo por estos días se encuentra alejado de la vida social. Sin embargo, su legado continúa vigente y todo un pueblo recuerda a diario su figura.

Caroli es una institución en Sarmiento, el poblado vecino a Comodoro Rivadavia que alguna vez fue una colonia pastoril. Él nació en la ciudad de los lagos, hoy presa de una crisis hídrica que amenaza a toda una región. Allí vivió parte de su infancia hasta que su familia vino a vivir a Comodoro Rivadavia, donde descubrió su vocación artística. 

Cuenta Caroli que estudió en la escuela de Kilómetro 5 y también en el Colegio Perito Moreno, pero no terminó la secundaria porque descubrió que quería ir por otro camino. 

“Dejé los estudios porque me di cuenta que me gustaba el arte y empecé a buscar docentes de arte para formarme”, dice. 

Lo cierto es que mucho antes Caroli dio indicios de su pasión por el arte. Ya de chico oficiaba de recitador en la escuela e incluso recuerda que una vez fue convocado para un acto donde estuvo presente el ministro de Educación de Perón, Oscar Ivanissevich, quien luego sería determinante para que su padre no sea trasladado a Puerto Deseado y tenga como destino Comodoro Rivadavia.
Con 86 años, el artista recuerda muchos momentos de su infancia, como aquella vez, cuando con 8 se convirtió al evangelio, a pesar de que sus padres eran protestantes. “Recibí al señor con la misma vivencia que tengo hoy a los 86, es increíble, un sentimiento que no ha cambiado desde aquellos tiempos hasta hoy, es increíble”, dice, asegurando que siempre se vinculó a diferentes credos. 

Caroli asegura que su abuela fue una mujer abocada al arte. “Ella fue una alumna aventajada que ayudaba a la maestra a dar clases. Venimos de una escuela autodidacta que es generacional. Ella siempre me hablaba de la elegancia, la cultura, lo que significaba por aquellos años todo ese universo. Y por esas cosas de la vida comencé a diseñar moda, y lo hacía como un juego, hasta que después conocí a un hombre en Trelew que significó mucho en mi vida, y me dijo ‘dejate de joder con estas cosas, Caroli. Vos tenés que pintar directamente’. Yo le dije que no tenía la formación, pero me respondió; ‘empezá como sea’, y así empecé.

Mientras descubría su oficio, Caroli cuenta que viajó a Sarmiento para acompañar a su abuela y conocer a aquella chica que le habían mencionado y con quien tenía intereses artísticos en común: Ana Reyes Sosa.

“Charlamos unas tres horas, después me fui porque se iba el autovía, pero cuando me fui le dije: ‘no sé cómo va a ser la cosa’, porque yo me iba a Buenos Aires, ‘pero yo intuyo que vos y yo en algún momento vamos a tener algo en común’.

Finalmente Caroli se fue a Buenos Aires e ingresó a la Escuela Superior del Teatro Colón, donde hizo escenografía. Todo iba bien. Sin embargo, un día una noticia cambió su destino. “Estando allá me enteré que mi papá se había jubilado, que no tenía salud y que se había venido a Sarmiento a vivir a una chacra. Entonces le dije a mis primos: ‘me voy a Sarmiento y me voy a casar con la Negra Sosa’. Entonces cuando llegué, creo que a las tres semanas, le tire los galgos y a fin de año nos casamos”.

El artista recuerda que fueron duros los primeros dos años. No conseguían trabajo y llegaban con lo justo a fin de mes. Sin embargo, tenían una tremenda vocación.
Todo comenzó a cambiar cuando lo invitaron para sea docente en la Escuela Agraria, y así empezó a dictar clases. Como eran todos hombres, sentía que no tenía sentido que hicieran carpetas con dibujos y pidió autorización para pintar murales en paredes que hasta entonces sólo reflejaban soledad.

Con orgullo, el artista asegura que se pintaron 50 murales en 30 años.
Por entonces, Ana era docente en la Escuela Fontana, y juntos iniciaron una escuela de libre expresión para niños, “un mundo maravilloso” que los llevó a exponer en diferentes partes del mundo.

“Era un mundo maravilloso, y un día me llegó una invitación de la UNESCO para que los chicos participen de una muestra en Japón. Mandamos trabajos por primera vez y obtuvimos seis medallas de oro”. 

Desde entonces, Caroli no paró de mandar trabajos al exterior, tanto de los estudiantes de la Agraria como de la escuela que habían creado con su pareja. A lo largo de su trayectoria cuenta que lograron más de 150 reconocimientos internacionales, entre ellos: en Finlandia, India, Buenos Aires, Francia, Noruega, entre otros lugares del mundo. Pero para él, el más importante es el reconocimiento que en 1997 le otorgó el Centro de Cultura Regional de la Comisión Centenario de la Municipalidad de Sarmiento. 

Con 86 años, vive en la casa que alguna vez fue de su abuela. Asegura que su participación en la vida social es cada vez menor. Sin embargo, a principios de años presentó “Bioma”, un  libro que rescata obras suyas y de su pareja.

El mismo surgió por iniciativa de Miguel Escobar, y sella de alguna forma la historia de este hombre que hizo un gran aporte a la cultura de su pueblo y dejó una huella en cientos de estudiantes que recibieron su formación, a quienes les incentivó que respeten su vocación, tal como hizo él cuando descubrió que quería dedicar su vida al arte.

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