El vino de la independencia: cómo la Argentina se emancipó de las bebidas provenientes de Europa

Desde la época de las colonias, los vinos se hacían a imagen y semejanza de los vinos franceses, españoles e italianos. Pero luego del 9 de julio la libertad también llegó a esta bebida.

Seis etiquetas actuales para disfrutar

La vitis vinífera, especie de vid con la cual se hacen los vinos argentinos, llegó masivamente al país a principios del siglo XIX en los barcos de colonizadores españoles, aunque fue recién después de 1850, con las grandes olas de inmigrantes europeos, que la viticultura empezó a desarrollarse.
Esto quiere decir que los vinos que se tomaban en el Cabildo y sus alrededores en 1816 no eran producidos en los terruños que hoy son famosos, y mucho menos eran como los vinos que se disfrutan hoy en día.

Pero el problema venía de mucho antes. La corona española había promulgado una ley en el siglo XVI que prohibía el cultivo de la vid en sus colonias; esto obligada a importarlo desde España. Y mientras la clase alta y los políticos disfrutaban de los afamados vinos de Rioja, la Denominación de Origen más prestigiosa de la península ibérica, el resto de la población debía conformarse con el “vino Carlón”. Los vinos de Benicarló provenían de la región de Valencia, y se les agregaba durante la fermentación mosto concentrado cocido -como hacían los romanos- para poder preservarlos por más tiempo.

Eran vinos intensos, densos y pesados, de gran cuerpo y con más de 15 grados de alcohol. Gracias a estas características los vinos soportaban mejor el paso del tiempo y los largos viajes en barco hasta el Nuevo Mundo. Pero puros eran intomables, y es por ello que se rebajaban con agua.

Cuando se declara la independencia, el vino Carlón era el más popular. Presente en todas las casas y pulperías, y con una demanda creciente, llegando a convertir a Buenos Aires como principal destino para los vinos de Benicarló. Y si bien la mejora cualitativa no era una preocupación de aquellos productores, que solo buscaban la mejor manera de satisfacer a los cada vez más sedientos consumidores, sentaron las bases de una cultura vínica.

Fue recién a comienzos del siglo XX que los bodegueros locales comenzaron a expandirse y a elaborar mejores vinos que los “importados”; y el agregado de mosto cocido se dejó de lado. Las razones están bien explicadas por un cura jesuita que cita Felipe Pigna en su libro Al Gran Pueblo Argentino Salud: “Con mejoras en las condiciones de las bodegas, no sería necesario cargar de la porción de (mosto) cocido que al presente se acostumbra, siendo bastante la mitad o nada. Sin cocido se hizo en Mendoza una cantidad de vino suficiente para el gasto de la comunidad religiosa, que resultó de menos cuerpo, más al mismo tiempo de bastante espíritu, de excelente gusto, y lo que es más, se conservó y duró casi un año entero”.

Aquellos primeros buenos vinos argentinos se diferenciaban principalmente por estar hechos con uvas criolla (grande y chica), cereza y moscatel, pero también porque las condiciones climáticas eran muy diferentes. Las viñas estaban plantadas en vaso (tipo arbolitos) y en parrales “españoles”, y obviamente en las bodegas no existía la tecnología de hoy en día. Las uvas se cosechaban en canastos, buscando el mayor grado de alcohol potencial posible, y se llevaban en mula a las pocas bodegas de la época. Los racimos se volcaban en un lagar de cuero de buey que se encontraba en el exterior de la bodega. Allí las uvas se pisaban, y el mosto (jugo de uva) en baldes se depositaba en grandes botijas para su fermentación. Una vez finalizado el vino, se “colaba” con un cedazo de cuero para eliminar hollejos, semillas e impurezas, y de ahí pasaba a las vasijas de arcilla y cerámica (reemplazadas a finales del siglo por las de roble) por gravedad, ubicadas en los sótanos de las bodegas para su posterior despacho.

Los vinos argentinos de hoy

No obstante, mucho tiempo le llevó a la industria convencerse que debía ir por un carácter propio sin mirarse al espejo del Viejo Mundo. Porque hasta principios de los 90, ya en el siglo XX, los vinos se hacían a imagen y semejanza de los vinos franceses, españoles e italianos; o al menos era lo que se intentaba. Utilizando las mismas variedades que le daban fama a las grandes denominaciones europeas como Burdeos, Borgoña, Chianti, Rioja, etc. Y también con los mismos métodos y largos periodos de añejamiento en toneles de roble. Así, los tintos nacionales más pretenciosos eran blends a base de Cabernet Sauvignon.

Fue recién a comienzos del milenio que el vino argentino comenzó a independizarse, estilísticamente hablando; y fue de la mano del Malbec. Es cierto que tardó algunos años en encontrar su propio rumbo, pero hoy lo ha logrado. Ya no se trata de tintos concentrados, con mucho alcohol y más madera, sin un mensaje claro. Hoy, los vinos argentinos hablan de lugares con características de la cepa, y es elMalbec el principal abanderado. No solo porque hay más de 40.000 hectáreas plantadas, sino además porque se ha convertido en sinónimo de Argentina. Hoy la propuesta de Malbec local es tan amplia y con presencia en todos los segmentos de precio, que el consumidor global ya está convencido. No será el mejor vino del mundo, pero seguro es lo que mejor se hace por estas tierras. Además, nadie más lo elabora como acá, porque en Cahors; la pequeña comuna al sudoeste de Franca de donde proviene; quedan solo 5000 hectáreas, y sigue pesando más el nombre del lugar (y su historia) que el del cepaje.

Los críticos internacionales más importantes ya le han otorgado 100 puntos a algunos Malbec nacionales, confirmando que es el vino que más y mejor identifica a la Argentina. Por lo tanto, hay que seguir apostando por este varietal. Los consumidores acercándose cada vez más a conocerlo y comprobar las diferencias que ofrecen en función a sus calidades y orígenes. Mientras que los agrónomos y enólogos deberán seguir buscando los lugares donde mejor se exprese el Malbec y ver con que otros cepajes se lo puede combinar. Al parecer, el Cabernet Sauvignon, el Cabernet Franc y el Petit Verdot son los más elegidos actualmente para dar con vinos más argentinos que nunca en materia de tintos, y con el Torrontés como principal protagonista cuando se trata de blancos, autóctonos y de nivel internacional.

6 vinos para brindar por la independencia

Gran Linaje Torrontés 2016 • Bodega Etchart, Valle de Cafayate
Fue el primer Torrontés elegante elaborado en el país. El 2016 muestra sus aromas integrados, con cierta tipicidad, hay flores blancas y algo de frutas abrillantadas. De paladar refrescante, con leves amargores y agradable vivacidad. Buen volumen y un final delicado, ideal para servir en la mesa con carnes blancas y pescados bien sazonados.
Puntos: 88

Proyecto Las Compuertas Malbec 5 suelos 2016 • Durigutti, Las Compuertas, Luján de Cuyo
Proviene de cinco perfiles de suelo diferentes (cada vino es elaborado por separado en huevos de cemento y luego se realiza el corte final), y muestra el costado tradicional del terruño con toques modernos. De buena frescura y algo compacto en boca, con taninos firmes y densos. Con dejos herbales marcados y un final terrosos y seco. De paladar franco y expresivo, también mordiente y con final refrescante.
Puntos: 90

Benegas Finca La Encerrada Malbec 2015 • Bodega Benegas, Gualtallary, Valle de Uco
Nace en la finca más nueva que ha incorporado Federico Benegas, sin embargo el estilo del vino está marcado por su paladar y visión. Este flamante Malbec posee buen cuerpo, fluido y jugoso, algo classy en sus texturas pero con frescura y toques modernos. Hay algo especiado y de fruta roja (ni tan crujiente ni tan herbal como muchos exponentes actuales que nacen en las alturas de Uco) en su final de boca, y cuando se abre resulta más fresco. Con equilibrio y potencial.
Puntos: 91

Unánime 2014 • Mascota Vineyards, la Consulta, Valle de Uco
Es un gran corte, por cantidad, por expresión y por carácter. A base de Cabernet Sauvignon (60%), Malbec (25%) y Cabernet Franc (15%). De aromas bien expresivos, con taninos equilibrados y un carácter más especiado (del Cabernet Sauvignon), que frutal. Se nota que es un vino serio, con buena frescura y trago amable. Con agradable fluidez y paso consistente. En 2016 y 2017, fue el vino más importante en Total Wine & More, uno de los principales retails en Estados Unidos.
Puntos: 91

La Gran Revancha 2015 • By Roberto de la Mota, Altamira, Valle de Uco
Blend de cuatro cepas: Malbec (50%), Cabernet Sauvignon (25%), Cabernet Franc (15%) y Petit Verdot (10%). De aromas densos y frutales, algo classy en sus expresiones pero con fuerza. De buen cuerpo y volumen, con taninos incipientes, algo firmes pero finos. Con leves ahumados finales, y dominado por una madurez buscada. Buen potencial de guarda dentro del estilo inconfundible de Roberto de la Mota.
Puntos: 92

Familia Mastrantonio 2015 • Familia Mastrantonio, Valle de Uco
Cuando el enólogo elige hacer un blend cofermentado es porque sabe que las uvas protagonistas (en este caso Malbec y Petit Verdot) van a llegar juntas en óptimo estado de madurez. Por eso se dice que nace en el viñedo. Este es un tinto con energía y un corazón de fruta bien nítido, con algo de frutas de baya negras y rojas, especias y dejos herbales. La fuerza del Valle de Uco está en su carácter y, más allá de su paso compacto y vibrante actual, es evidente su gran potencial de guarda.
Puntos: 93

Fabricio Portelli es sommelier argentino y experto en vinos
Fuente: infobae.com

Fotos antiguas: 1) Operarios y bodegueros posan en el patio donde se fraccionaba el vino en pequeños toneles o damajuanas para la venta (Fondo Vitivinícola de Mendoza). 2) Recepción de uvas en bodega en el lagar para su molienda (Fondo Vitivinícola de Mendoza). 3) Antigua sala de toneles de roble francés en donde se conservaban los vinos hasta su despacho (Fondo Vitivinícola de Mendoza).

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