BUENOS AIRES - Esta serie está adaptada de la novela del mismo nombre que el historiador militar y escritor neoyorquino Caleb Carr publicó en 1994. Los derechos para convertirla en una serie fueron adquiridos por la Paramount antes de que la novela se editara. Sin embargo, cuando ya el proyecto estaba en marcha y se habían gastado unos cuantos millones de dólares en la realización, todo se paró porque la compañía consideró que la historia que se contaba era demasiado oscura y no sería aceptado por el público. Unos 24 años más tarde, cambiaron de opinión.

Que lo que muestra la serie es oscuro es cierto: la esencia de lo que expone el relato de Carr es la existencia en la Nueva York de fines del siglo XIX de una red de corrupción policial gracias a la cual se toleraban prácticas de prostitución infantil masculina. Las mismas eran alimentadas por la miseria en que vivían muchos inmigrantes en la ciudad y a ellas accedían gran cantidad de hombres respetados en la sociedad neoyorquina de entonces. El argumento se pone en marcha con la aparición del cadáver horriblemente mutilado de un chico que subsistía prostituyéndose. El doctor Lazslo Kreizler (Brühl), un "alienista" (hoy diríamos un psiquiatra forense) investiga el caso por su cuenta, hasta que su excompañero de la universidad, Teddy Roosevelt (Geragty), jefe de la policía de Nueva York y futuro presidente norteamericano, le da vía libre para que conforme un equipo para encontrar al asesino serial detrás de ese y otros crímenes. El mismo está formado por un dibujante (Evans), su secretaria (Fanning), la primera mujer integrante del departamento policial, y dos detectives (Smith y Shear) con mucho conocimiento de las entonces incipientes y polémicas técnicas forenses.

La serie muestra una doble faz. Por un lado la interesante exposición de una Nueva York desconocida y turbia, en la que conviven la miseria de los inmigrantes y el poder de los miembros influyentes de la ciudad, que se valen de la corrupción institucional para dar rienda libre a sus prácticas viciosas bajo un disfraz de virtud. Pero por otro lado, en busca de hacer más digerible la oscuridad de los contenidos, el tono de la serie está volcado hacia un tratamiento liviano, con personajes que por momentos abandonan la densidad con que están diseñados y actúan con los estereotipos propios de una comedia de detectives. Cuando las actuaciones no caen en ese error, las escenas y el papel de los intérpretes gana en riqueza estética y reluce la potencialidad del material que tiene la historia que se cuenta. Lastimosamente, la serie no navega en todo momento por un solo tipo de aguas.

Fuente: La Nación